domingo, 26 de marzo de 2017

“Negros”, “Judíos”, “Democracia” y “Bienestar”: el renacer del egoísmo...

“La tolerancia es un requisito indispensable para la democracia. La democracia es consustancial al Estado de Bienestar. La existencia del Estado de Bienestar es directamente proporcional a la existencia de la democracia. Cuando el Estado de Bienestar decrece, decrece la democracia y por ende decrece la tolerancia.”

El conjunto de proposiciones previas bien podría configurar una hipótesis (o acaso varias) susceptibles de enjundiosos trabajos de investigación. En este artículo y como conjunto, lo utilizaremos precisamente así, esto es, como un “conjunto de proposiciones” que sirvan al propósito del debate sobre el racismo, la democracia y el bienestar, especialmente en Europa y América del Sur, dónde está empezando a retoñar con algunas expresiones equivalentes.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, la derrota del Nazi-Fascismo y la aplicación extensiva del Plan Marshall, Europa y, en cierta medida, América del Sur, comenzaron a ser sujetos de la imposición de un modelo económico, político y social que surge de los acuerdos entre las potencias victoriosas. A los países (o lo que quedó de aquellos) y pueblos bajo la ocupación del Ejército Soviético, les toco el modelo político, económico y social que impulsaba el Socialismo creado bajo la égida de Stalin. A los países ocupados o bajo la vigilancia, observación o sometimiento de las potencias occidentales, les tocó asumir el modelo político, económico y social que impulsaban los Estados Unidos de América (el país realmente vencedor), la Gran Bretaña y Francia.

África seguía estando bajo la ocupación colonial de las potencias imperiales europeas y América del Sur seguía siendo el “patio trasero” de los Estados Unidos. En ambos territorios, así como en Europa y los Estados Unidos, vivían entonces dos grandes “minorías raciales”: los negros y los judíos. El impulso económico que permitió, en los años de post-guerra, “distribuir” en cierta medida la riqueza, hizo disminuir tensiones y ocupar al mundo en su reconstrucción, un negocio pingüe en el que banqueros, industriales y comerciantes se empeñaron con tesón. Sin embargo, en los Estados Unidos de América, el mismo que se erigía como el “Campeón de la Democracia”, el racismo sureño hacia los negros, aun habiendo peleado en la guerra y el rechazo hacia los judíos, un poco más soterrado por los alcances de la guerra y el monstruo de la Shoa, pero además por el poder económico de los hebreos en la industria y la banca norteamericanas, se mantuvo. Son ya históricas la lucha del Rabino Goldstein contra la “cuota judía” en las universidades norteamericanas y las de Martin Luther King por los derechos civiles de los negros en los Estados Unidos, especialmente el separatismo racial en el sur.

Pero con el avance del Estado de Bienestar, cuando se arriba a la décadas de los años ochenta y noventa del siglo XX, la liberación de las colonias europeas en África, la expansión económica, la rutilancia judía en la industria, comercio y ciencia norteamericana, junto la práctica supremacía negra en el mundo del deporte y el espectáculo (el cine, el teatro, la televisión y la música) disminuyen ese “racismo” militante y hacen pensar que el discurso “tolerante” de la democracia, se ha asentado por sus fueros. La humanidad parecía haber avanzado en la comprensión de la democracia y la tolerancia, reiteramos, como su requisito indispensable.

Todo eso parece estar cambiando. En 2008 comenzó el lento descenso de la economía capitalista. Frente a una población cada vez más creciente, una disponibilidad de recursos naturales y materiales también en descenso, una indisponibilidad cada mayor de recursos energéticos de fácil extracción, frente a una ralentización de la economía en los países centrales, unida una pasmosa mediocridad de los llamados líderes mundiales y la agudización de los conflictos sociales por el crecimiento galopante de la pobreza, el Estado de Bienestar retrocede y con él, el discurso de la “democracia tolerante”.

Simultáneamente, los países más importantes de la UE así como los Estados Unidos (más bien sus gobiernos que no sus pueblos) se lanzaron en una suerte de “cruzada” para tratar de “abaratar a la fuerza” los recursos hidrocarburíferos del planeta, iniciando guerras intestinas mediante el apoyo a organizaciones radicales locales o atacando directamente a países árabes islámicos, buscando la imposición de gobiernos títeres que le permitiesen operar en sus territorios con abierta libertad no solo para extraer el petróleo, sino para comercializar y distribuir a precios consistentes con sus intereses financieros proyectados.  Esta política trajo como consecuencia la destrucción de la forma de vida de esas naciones, su disolución institucional y, como consecuencia, una diáspora de pueblos que en procesiones interminables, tratan de allegarse a los países europeos dónde la propaganda de años ha hecho creer se trata de “sociedades estables y felices” porque son “sociedades democráticas y tolerantes”.

Craso error. Esas diásporas no han encontrado otra cosa que sociedades cerradas, temerosas de la pérdida de su nivel de vida, nivel que ya ven peligrar por la ralentización de sus economías en virtud  del retroceso del Estado de Bienestar. Pudiera ser similar a la sensación que produce huir de un barco que se hunde para ser rescatado por otro, que busca con desesperación salvarse del naufragio, por lo que mira a quienes rescata más como “enemigos” que como “náufragos” que merecen ayuda. Y el fantasma de los “negros” y los “judíos”, regresa con su carga de miedos. Por un lado, gente con costumbres religiosas cerradas, excluyentes, arrogantes e individualistas (esta vez el  también semítico Islam), y por la otra, gente sin disciplina, sin el valor trabajo colectivo como égida,  también individualistas y violentos por haber vivido en una suerte de pobreza crónica (los negros africanos). Lo peor de ambos mundos, que es lo que siempre se ve; no se ve lo bueno, en los “judíos”, por ejemplo, los antisemitas siempre miraron lo peor de las características de un pueblo, no su valentía, su tesón y su adscripción al valor trabajo como puntos cardinales. Y de los “negros”, su alegría, su creatividad y su enorme fuerza física.

Todo lo contrario. Las sociedades de los llamados “países felices” ven con temor la pérdida potencial de todas aquellas estructuras (valores, creencias e intereses) que les han permitido tener una vida muelle hasta ahora. Y lo vemos en los militantes de la AFD alemana, en los nacionalistas de Le Pen en Francia, también los autodenominados “patriotas” austríacos o los “nacionalistas” holandeses. Ante el retroceso del Estado de Bienestar, el discurso tolerante de la democracia, vuela con él. “La culpa es de los migrantes y la blandenguería de nuestros gobiernos, amenaza con hacernos perder nuestra sagrada identidad”. Cierta justificación pudiese tener esa actitud; la creciente existencia de esos “otros” en “nuestros predios” si llegase a ser de naturaleza amplia, pudiese no solo acabar con “nuestra estructura institucional” sino con aquello en lo que creemos y ha permitido sobrevivir a “nuestra sociedad”. Habría que cuantificar científicamente ese daño hasta ahora y desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial.

Pero lo que resulta inadmisible, es que lo veamos en pueblos comunes, histórica y socialmente, como en América del Sur. La delincuencia que crece en todas nuestras naciones, en virtud de nuestra pobreza crónica y de la sempiterna corrupción que caracteriza nuestros gobiernos, se mueve con asombrosa libertad entre nuestras fronteras, haciendo que se muden a “mercados” más favorables a sus fechorías con historial más “blandengue” respecto de las sanciones, porque ciertos delitos se desconocen en algunas de nuestras latitudes. Por otra parte, las asimetrías en educación y experiencias laborales, convierten muchas veces a los “nacionales” en fuerza de trabajo “obsoleta y cara” respecto de aquella que viene de otras tierras, "mejor preparada y dispuesta a cobrar cualquier salario". Todo esto ha configurado, junto al retroceso definitivo del Estado de Bienestar, un cóctel peligroso entre miedo, racismo y xenofobia. El discurso débil de la democracia en nuestra región, muere de intolerante inanición o peor: por la fuerza de una evidencia empírica que confirma las más temibles sospechas.

Pero cabe preguntarse: ¿Acaso no tienen razón los pueblos que reciben atracadores dominicanos, moto-banquistas, narcos y sicarios colombianos, así como estafadores y tratantes de blancas venezolanos? Y por otra parte ¿Tienen derecho dominicanos comunes, panameños de a pie, colombianos de la cotidianidad, que vivieron en todos los demás países y fueron recibidos (por ejemplo en Venezuela) con los brazos abiertos y sin distingos de color y raza, mirar a los “negros” o “judíos” venezolanos, como ciudadanos de tercera, criminales o portadores de peligros potenciales? La respuesta es difícil y peliaguda, y constituye el centro de un debate que el mundo pareciese no querer dar, porque todo el discurso de la “democracia tolerante” se vendría abajo con la fuerza de la hipócrita vacuidad con la que se ha construido, gracias a los ingentes recursos financieros que proveyó, en su momento, la gloria del Estado de Bienestar.

La Pax Octaviana ha terminado. Las caretas se han caído con la fuerza del manotazo que inmisericorde, da la pobreza. Estamos viendo el verdadero rostro humano y el viraje de los discursos hacia un nacionalismo que solo se exacerba, si favorece los intereses de los grandes centros financieros mundiales. Buenos días egoísmo, bienvenido a tu nuevo amanecer…





jueves, 2 de marzo de 2017

“Temperamentos”, Política y “Realpolitik”: el “calvario” de nuestra “institucionalidad republicana hispanoamericana”.

En las tres primeras opciones de significados que nos muestra el Diccionario de la Real Academia Española, respecto del vocablo “temperamento”, la muy ilustre fuente ofrece por tales “el carácter, manera de ser o de reaccionar de las personas; la manera de ser de las personas tenaces e impulsivas en sus reacciones; y la vocación o aptitud particular para un oficio o arte”. De manera que se trata del carácter o la manera de reaccionar, en particular las personas tenaces e impulsivas y, finalmente, la aptitud o vocación para un arte u oficio. Si tratáramos de construir un concepto acerca de un “temperamento hispanoamericano” podríamos aventurarnos en decir que se trata de nuestra “manera de reaccionar, por nuestro carácter, propio de personas tenaces e impulsivas, que tenemos la aptitud, la actitud y, más allá, la vocación para el ejercicio de nuestros artes y oficios, precisamente desde esa perspectiva tenaz e impulsiva”.

Independientemente de este ejercicio etimológico, para todos los científicos sociales son ampliamente conocidos los enjundiosos estudios que sobre “el temperamento hispanoamericano”  han hecho importantísimas figuras de la Psicología Social y la Sociología (en aplicaciones específicas tanto  de la Teoría Social como de la Etnografía) por lo que esta aventura conceptual hecha por nosotros al inicio, cae aparatosamente por tierra en tanto “valor científico enjundioso”. Pero lo que aspiramos, en estas modestas líneas, no es establecer un neologismo o una nueva óptica para mirar una de las causas de grandes desvelos en nuestras tierras; no, no se trata de eso. Lo que intentamos es establecer una suerte de definición del “temperamento hispanoamericano” y su relación con lo que llamamos (no sin cierta grandilocuencia) “institucionalidad republicana”, construcción ilocucionaria que adorna con frecuente obsesión el discurso político hispanoamericano.

Los fundadores de nuestra “Patria Hispanoamericana”, a saber (y nunca huelga mencionarlos) el Libertador Simón Bolívar, el General José de San Martín, el General Bernardo O’Higgins, el General  José Gervasio Artigas, el Cura Miguel Hidalgo y Costilla, el General Ignacio Allende, el General Francisco Morazán y el Licenciado Benito Juárez, por nombrar los más conspicuos (y a quienes además siempre, en cuanto ejercicio escritural nos ocupamos, nos produce muchísimo beneplácito mencionarlos) se empeñaron en las instituciones republicanas para la construcción de las naciones libres por las cuales, literalmente, “largaran el pellejo”. Congresos, Poder Público tripartito, el afán por la representatividad colectiva y la reivindicación de los “pueblos”, fueron las preocupaciones de los “padres fundadores” aunque, algunos de ellos, por otras razones y tras los embates de ese “temperamento hispanoamericano”, terminaran decantándose por las “Presidencias Vitalicias” o arrestos monárquicos idealizados en “Principados Latinoamericanos” o, finalmente, abiertas “Dictaduras”.

Ese afán “republicano” terminó por perseguir a cuanto líder carismático se colocase al frente de nuestras inúmeras turbamultas, a lo largo de nuestra sangrienta historia, ofreciendo siempre a los pueblos, en un eterno delirio civilizatorio, las “bondades” de la “República Liberal Moderna” que un día se vistiese de “Positivista” y que al llegar a nuestras tierras el lenguaje político marxista, plétora de vindicación y justicia social, trocose en “República Popular Revolucionaria” arrastrando a los millones de preteridos que han hecho parte de nuestras desvalidas poblaciones, hacia el sueño del “paraíso socialista”, solo para arribar al puerto de las desesperanzas, en una nave más de desengaño.

Un curso equivalente ocurrió con el “afán democrático”. Tras el triunfo de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de asegurar los territorios bajo su influencia y la imposición mundial de un modelo económico, político y social, bajo un marco retórico, también civilizatorio, que ofrecía la vieja impronta de las “Democracias Anglosajonas” tan fortalecidas a lo largo del Siglo XX por el convincente discurso político de distinguidos estadistas como Sir Winston Churchill (en oposición a aquel del “imperio soviético en avanzada", como solía Churchill advertirlo) se les ofreció a nuestros pueblos la posibilidad de alcanzar “el maná del cielo” sin esperar que cayera, solo construyendo en nuestros predios “sistemas democráticos representativos”. Como nuestros “padres fundadores” se obnubilaron un día por el “afán republicano”, estos nuevos “re-fundadores” y por oposición a sus “enemigos revolucionarios pro-soviéticos”, además en sintonía con los intereses del poderoso vecino del norte, se empeñaron en el “afán democrático”, cornucopia de la fortuna pletórica de “representatividad, alternabilidad y responsabilidad”.

La “política” restó valor a los “sables” y a los “trapos rojos”. La “retórica institucional”  y los“votos” pretendieron suplir a las “balas” y al  “arresto tumultuario a bordo de tanques de guerra”; y los congresos, los pesos y contrapesos, “Ejecutivos, Legislativos y Judiciales” de igual ponderación e independencia institucional, llenaron el discurso político hispanoamericano, por oposición a la “vindicación” revolucionaria que, mediante “dictaduras proletarias” y “propiedad popular” pretendían sus contrapartes socialistas presentar como “el paraíso terrenal” redivivo en estas tierras. Y los pueblos fueron entonces mudos testigos de este ping-pong de discurseo inútil, en pos de la “creación paradisíaca”  que ayuna de acción y de realizaciones, víctima por lo general de la inacción, terminara reproduciendo una nueva oportunidad para “el sable y el cañón” cada vez que la situación se hiciera en particular difícil, siempre por cierto convocados por  aquellos quienes, previamente, se rasgaran la vestiduras en aras de la “democracia representativa” o la “revolución popular”.

Pero existen en relación a toda esta reflexión, grandes y sustantivas interrogantes: ¿Está nuestro “temperamento hispanoamericano” adaptado a la política, tal y como se concibe en las “democracias anglosajonas”? ¿Es nuestra “institucionalidad republicana” entendida por nuestros pueblos, tal cual pudiese hacerlo, por ejemplo, el pueblo inglés? ¿Existe realmente la institucionalidad en nuestras naciones o es apenas un remedo parcial de lo que debería ser? ¿Entendemos el significado vital de la existencia de la institucionalidad de cara a la supervivencia de nuestras naciones como Estados soberanos?

Tales interrogantes parecen preocupar solamente a quienes tenemos por oficio la Ciencia Política, posiblemente a un nutrido grupo de Sociólogos Políticos y, acaso, a buen número de Economistas, sean políticos o clásicos, pero no pensamos hagan parte de las preocupaciones cotidianas de nuestros pueblos y menos en quienes hacen de "la política un oficio”. La “Realpolitik”, más que la “Política” (así con “p” inicial en mayúscula) preocupa a nuestros políticos de oficio, así como a los “militares políticos de ocasión”. El alcance y la conservación del poder político, por el poder mismo, además de su usufructo pecuniario conveniente, son las “pesadillas” reales de quienes viven de (y por) aquel. La “institucionalidad” sea “revolucionaria” o “democrática”, tiene la doble existencia que le confieren la retórica o la oportunidad, pero es un hecho que no goza de la solidez que se requiere para mantener “Estados vivos”. La mejor manera de probarlo es mirarlo al través del ejemplo.

En Inglaterra existe el Parlamento desde hace más de 600 años. En los peores momentos de la Segunda Guerra Mundial, hubo elecciones en Gran Bretaña. En plena conferencia de Postdam (1945) en la que se decidía el futuro de Europa, luego de la derrota del Hitlerismo, Winston Churchill, el Primer Ministro que había conducido el esfuerzo político y de guerra por cinco años, fue derrotado en las elecciones generales, pasando a ser Clement Atlee, líder del Partido Laborista inglés, además el partido de ideario totalmente contrapuesto al de Churchill, Primer Ministro de la Gran Bretaña. Ni siquiera la guerra pudo interponerse a la marcha de la institucionalidad. El último Secretario de Defensa del Presidente Barack Obama, habría trabajado en el Departamento de Defensa por más treinta años, lo que implica que un “candidato” surgido de la institucionalidad, fue considerado para el ejercicio de un cargo “político” por sus cualidades “institucionales”. En Suecia, una monarquía constitucional de corte socialista, el Rey no puede destituir al Primer Ministro: es una potestad del Parlamento. Y en China, aun estando sujeta al dominio exclusivo del Partido Comunista, solo los miembros electos por el Buró Político en pleno, pueden acceder a cargos públicos de alto nivel. El Buró Político es electo por el Comité Central y el Comité Central por la Asamblea del Pueblo, organismo de representación colectiva, elegido en las cabezas provinciales. Esta “institucionalidad” por arbitraria que parezca, ha subsistido a pesar de las situaciones “difíciles” por las que ha pasado el sistema político chino, aún ante la guerra contra el invasor japonés. Son cuatro “temperamentos” distintos y en disímiles tiempos históricos, enfrentados al dilema de conservar la “institucionalidad” para preservar al “Estado”.

Nuestro “temperamento hispanoamericano” actúa de manera distinta. La institucionalidad es maleable, plástica, mutante según sean los sistemas políticos, los partidos que lo dirijan o el gamonal de turno que los haya asaltado, sea por vía de manu militari o, incluso, electoral. De variado "pelaje" o "fronda", dada la impresionante fertilidad que tenemos en materia de estos especímenes “agropecuarios”, porque unos son cuasi o totalmente bestiales en sus comportamientos y otros, por el contrario, se limitan a “echar raíces” para crecer gracias al sustrato que les provee el usufructo sistemático y permanente del erario público, han sido protagonistas de nuestra historia política, en particular en los tiempos que corren y más allá de esas "institucionalidades" que tanto se precian en construir.

“Institucionalidades” que se invocan con base a “ordenamientos constitucionales” también de masa flexible, que admiten las más variadas formas e interpretaciones, en los más extraños momentos de nuestros quehaceres nacionales. Así, basta que un gobierno de una facción sea defenestrado “por vía constitucional” para que aquel que adviene con la que arriba al poder, “cambie”, “destruya” y, por consiguiente, “deje cesante” a cuanto funcionario haya hecho algo de carrera con la anterior. Salvo los casos de Chile (no obstante la larga y corruptora interrupción de Pinochet) y Colombia, que han mantenido sus estructuras institucionales en el tiempo, en el resto de nuestro continente suele suceder lo mismo: el que viene, terminado su turno, “se va y se lleva todo consigo”, y si así no lo hiciere que “Dios, la Patria y el Pueblo se lo exijan” para continuar con la misma “metamorfosis institucional” permanente, de la que parecen alimentarse buena parte de quienes “en guardia” suelen añorar estos cambios.

Y gracias a esta forma “tenaz e impulsiva” de aproximarnos, mirar e interpretar nuestra realidad, donde pareciese que lo único importante son los intereses de grupo, la avidez partidaria y el reparto sin contemplaciones de la cosa pública, como si se tratase de una suerte de “botín de guerra” (acaso por nuestra impronta guerrera), carecemos de instituciones estables y formales, nuestros pueblos poco o nada las respetan (de conocer su existencia) y la conciencia de un verdadero “Estado Nacional” solo existe como fórmula patriotera en nuestra vacua retórica de ocasión, tiznada de hipócrita y carbonífera onomástica. Mientras “la institucionalidad” exista solo con el único propósito de suministrar una “atalaya” a la que asaltar de tiempo en tiempo, nunca saldremos de la pobreza material, cultural e intelectual que condena a nuestros pueblos, no obstante la ingencia de recursos naturales que poseamos. Entre "dictadorzuelos", simulaciones de “presidentes democráticos”, “líderes revolucionarios mesiánicos” y “gamonales de machete, morrión y charretera”, corruptos, ladrones y conculcadores de las libertades públicas, engañadores de oficio y cuenteros de camino, estaremos condenados a vivir, más bien, diríamos nosotros, a morir inexorable y lentamente...







lunes, 20 de febrero de 2017

El “Socialismo Real” hispanoamericano: utopía, praxis y contradicción. De la retórica a la farsa.

Cualquiera que se asome desde la Ciencia Política y con seriedad, al pensamiento escrito que dejasen como legado Carl Marx y Federico Engels, no puede, desde nuestra muy humilde óptica científica, negar la pulcritud de sus planteamientos filosóficos y la impecable construcción metodológica de su trabajo, a la luz de la realidad que observasen en la Europa de la segunda medianía del siglo XIX, especialmente en aquella sumergida en la carrera febril por la Revolución Industrial y en el contexto de la tumultuosa adolescencia del sistema capitalista.

Vlladimir Ilich Ulianov (Lenin) le imprimió esa necesaria caída de la voluta filosófica a la realidad posible tras la conservación del poder político, construyendo por cuenta propia y desde su “¿Qué hacer?” esa versión teórico práctica que terminara bautizándose “marxismo-leninismo”. Y Josip Stalin, desde el ejercicio pleno y brutal de ese poder alcanzado “por las masas proletarias”, lo dotó de ese rostro pasmosamente cruel, esto es, desde la retórica marxista, Stalin se hizo del poder absoluto, administrándolo por gracia de las “masas” hasta que una inesperada apoplejía se lo llevara aquella larga noche de agonía, allá en su solitario sofá, acaso como tragicómica sentencia tras su larga y sangrienta dictadura.

De Marx  y Engels devino “la utopía posible” (contradicción retórica en sí misma, pero dotada de posibilidad desde la creación filosófica marxista); de Lenin y su pregunta simple, devino la posibilidad práctica de la organización para la lucha y la toma del poder; y de Stalin la cruda realidad entre praxis socialista y contradicción. Stalin inauguró ese paso letal del Socialismo: de la retórica a la farsa. Y esa maldición nos ha perseguido hasta nuestros días, porque ese parece ser el destino natural del Socialismo doquiera que se instale.

En nuestro continente hispanoamericano suele darse, por otra vía, un metabolismo que pareciese inmanente a nuestra realidad política y que termina, inexorablemente, afectando nuestros sistemas políticos. Inaugurado en lo que parece nuestra experiencia épica republicana, la conformación de cualquier sistema político en nuestros predios hispanoparlantes pasa por las etapas que hemos señalado en diversos artículos: desde un líder, sea carismático o no, se conforma una célula pentagonal de poder, con románticos, ideólogos, políticos de oficio, soldados y negociantes. Los negociantes proveen los recursos financieros y de ellos, junto a los soldados y políticos de oficio, se deriva entonces una oligarquía (en el sentido aristotélico del término) que no solo controla los recursos del Estado sino que a partir del usufructo de aquellos, engrosa su patrimonio particular y tiende sus redes (redes oligárquicas) hacia diversos espacios de la sociedad, mediante un crecimiento profuso de múltiples y complejas complicidades patrimoniales.

De esa oligarquía deviene a su vez una suerte de “clase media” tributaria que se hace administradora de sus recursos, por cierto de origen inequívocamente oligárquico, obteniendo sus pitanzas del chorreo por acumulación.  Y de esta clase media termina originándose una suerte de “clase política” que durante la vida de los sistemas políticos que supongan gobiernos “alternativos y responsables”, funge como la “administradora absoluta” de la cosa pública. Finalmente, bajo de aquella estructura, está lo que retóricamente en nuestras naciones solemos llamar “el pueblo”. Un masa variopinta de connacionales, por lo general en la exigüidad de medios materiales o en la más absoluta de las pobrezas, quienes “esperan su turno” en esa larga cadena de distribución de recursos en la que se convierte el Estado, siendo los mecanismos de distribución, además de sus ínsitos organismos en la administración pública, los partidos políticos de la oligarquía que se encargan de administrar también “el chorreo”.En su tiempo vital llega un instante en que la corrupción, la voracidad, la concusión y el cohecho, generan un gran malestar entre la “clase media” y “el pueblo”, especialmente en aquellos no beneficiarios de “algo” del “chorreo” y, de su seno, insurge otro líder de encendida retórica, quien induce un camino equivalente que, como las vueltas de un carrusel, repite el ciclo de nuevo. 

El lenguaje marxista, como lenguaje político, es extraordinariamente conveniente al discurso político que construye la masa crítica contraria al Estado corrupto, en el momento de producirse la crisis irreversible de nuestro metabolismo institucional hispanoamericano. Lleno de “propiedad popular de los medios de producción”; de “dictaduras del proletariado”; de “reivindicación de los derechos de los trabajadores”; de “parla revolucionaria y justicia social”; y, finalmente, protagonizado de manera estelar por “campesinos y obreros”, calza perfectamente con las aspiraciones sentidas en lo profundo de las sociedades hispanoparlantes, especialmente en aquellos que se sintiesen por fuera del reparto y aspirasen, como consecuencia, alguna suerte de venganza por la “injusticia” de la que creen haber sido sujetos.

Y así hace su aparición el “Socialismo Real” hispanoamericano. Sujeto de múltiples, variadas y manipulablemente arcillosas versiones, encastra en el discurso de cuanto “bicho de uña” autodenominado “vengador”, aparezca en el escenario político ya enrarecido por tanto sinvergüenza, ladrón y aprovechador profesional del erario público, excresencias naturales de nuestros sistemas políticos de parla castellana (excluimos a Brasil, pero no por inocentes, sino por no hispanoparlantes). Necesario se hace entonces proporcionar algunos ejemplos. Comencemos por los socialismos de inicios del Siglo XX. Atrabiliarios y reivindicadores, se echaron a las armas para derrocar “dictaduras sangrientas y corruptas”. Con el discurso popular en los labios, líderes carismáticos tomaron el poder, quedando algunos de ellos en el camino, para reproducir luego gobiernos más crueles y corruptos que los que terminaran derrocando. La Revolución Obrera Boliviana y la fundación inocente del APRA peruano de Víctor Raúl Haya de la Torre, una versión gaseosa de socialismo propio que devino en socialdemocracia, reprodujo durante su vida útil a ladrones de alta factura como Allan García, por ejemplo, con su respectiva oligarquía peruana contumaz en el latrocinio y extremadamente hábil en la prestidigitación financiera.

Pero los ejemplos palmarios de hoy los constituyen el Socialismo Revolucionario Cubano, el Socialismo Sandinista Nicaragüense, su par Indigenista Boliviano, el revolucionariamente Ciudadano de Ecuador y finalmente una contradicción retórica y conceptual en sí misma: el Socialismo Bolivariano de Venezuela. Comencemos por el decano: el “Socialismo Revolucionario Cubano”. Nacido tras una lucha armada cruenta contra una dictadura que había llegado al sumun de la corrupción, la crueldad y hasta la vulgaridad propia de la depauperación moral, se inician los tiempos revolucionarios ciertamente reivindicando a los intereses de las clases populares, pero al hacerlo en el contexto de la Guerra Fría y al oponerse de manera militante a los complejos intereses estadounidenses en la isla (suerte de contubernio entre crimen organizado, burdel y obispado) tiene para sobrevivir que echarse en los brazos de la potencia oponente: la Unión Soviética.

No sin cierto placer al declararse Fidel Castro comunista, el “Socialismo Revolucionario Cubano” sirvió tristemente de proxeneta de su propia patria, haciendo honor a una impronta nacional que ellos mismos condenaran. Con logros indiscutibles en disciplina (característica muy distante de la cubanía), educación, ciencia médica e investigación agrotécnica, la caída del muro de Berlín y la desaparición de URSS, cortaron el cordón umbilical que tenían los Castro con su “estado socialista hermano benefactor” obligando al pueblo cubano a pasar roncha en el panfletariamente bautizado “período especial” mientras los Castro comían langosta y tomaban buen vino francés.

Una oligarquía tributaria del socialismo antillano, integrada por las familias de los Castro, sus soldados, políticos de oficio y autodenominada al mejor estilo comunista soviético “Nomenklatura”, junto a  una variopinta camada de negociantes tanto propios como extraños, terminan viviendo de la más vulgar corrupción dónde los propios hijos de Fidel son referidos como “agentes confiables” para conseguir “pingües negocios” en la isla. Las “prostitutas batisteras” han sido sustituidas por las “jineteras revolucionarias” y la droga, el negocio fácil y la sinverguenzura pública son parte de la realidad de un “Venceremos” que, sin duda, como parte de la retórica grandilocuente del socialismo nuestro de cada día, es atribuible solo a la oligarquía gobernante.

El segundo en edad es el “Socialismo Sandinista Nicaragüense”. Sin duda expoliado duramente por los gobiernos de los Estados Unidos, al considerarse todos y cada uno de ellos propietarios de Centroamérica desde un “siempre” que se remonta a más allá de la muerte de Morazán, ha terminado en lo que el metabolismo político hispanoamericano habría de señalarle: una dictadura disfrazada dónde el fantasma de Somoza debe estarse riendo a carcajadas, en las cálidamente húmedas calles de Managua. Ahora nepotico (al ser Rosario, la esposa de Daniel Ortega, la Vicepresidenta en funciones), luego de haber anulado electoralmente a una oposición donde milita no solo la eterna “derecha” nica, sino también los disidentes de Ortega, el “Socialismo Sandinista Revolucionario”, no obstante sus logros sociales en el campo y en la educación básica para los más desposeídos, ha promovido una vulgar delincuencia a la que se suma la corrupción militar y policial, en un ejército y una policía dónde han regresado las “estrellas” y los “generalatos”  inamovibles, que tanto odiara el sandinismo en Tacho, Tachito y sus tributarios.

Las experiencias “socialistas” conducidas por el Presidente Evo Morales y el Presidente Doctor Rafael Correa, el uno “indigenista” y el otro “ciudadano”, ciertamente han alcanzado logros indiscutibles en materia de educación, administración de sus recursos naturales, distribución del ingreso y construcción de infraestructura. Pero no lo han hecho desde una práctica estrictamente “socialista”, sino a partir del diseño de políticas públicas pensadas y concertadas con la gente, un curso de acción reñido con el más elemental postulado nacido en y desde el “Socialismo Real”. La “retórica socialista” ha servido al discurso de ocasión, en particular en aquellos momentos en que el gobierno de los Estados Unidos, intentara derrocarlos por la vía del descontento presuntamente popular, pero realmente digitado por quienes en el pasado detentasen el poder, esto es, las viejas oligarquías defenestradas y extrañadas de ese tonel de recursos gratuitos que constituye el erario público. Pero apenas un poco más de un par de lustros han recorrido ambas experiencias “socialistas” y ya son sonados los casos de concusión, cohecho y corrupción pública. En Bolivia la “coima militar” a los contrabandistas por el lado de la frontera chilena y el caso de la línea aérea LAMIA, dónde también participasen militares venezolanos; y, en Ecuador, el negocio de los dólares “extrañamente desaparecidos de los presupuestos públicos”, las concesiones de algunos servicios y las empresas que abiertamente son poseídas por una oligarquía nacida al amparo de una “Alianza” no necesariamente por el “País”.

Pero el que bate todos los records de utopía, praxis, contradicción, retórica vacua y farsa cotidiana es el llamado “Socialismo Bolivariano de Venezuela”, hoy bajo el liderazgo teórico del Presidente Nicolás Maduro Moros. Definido sobre una contradicción retórica en sí misma “Socialismo” y “Bolivariano”, es indispensable señalar inicialmente dónde radica este contrasentido; en primer lugar porque tal construcción ideológica no existía en los tiempos de Bolívar, lo que convierte tal acto de habla en un anacronismo; lo segundo, que Bolívar jamás profesó un sentimiento realmente “popular”, en el sentido en que el “Socialismo” entiende lo “popular”, un ejemplo gráfico: con frecuencia mencionó su “horror a la pardocracia”. Siendo un mantuano de origen (lo que los ecuatorianos llamasen un “pelucón”) no entendía el ejercicio del poder político sino en manos de una elite, llegando a sugerir (y luego a legislar sobre el particular en la Constitución Boliviana de 1826) la imperiosa existencia de un “Senado Hereditario” que debía ser constituido con los descendientes directos de los libertadores, lo que sugiere una suerte de creación de una “aristocracia política”. No existe en Bolívar ninguna referencia a “gobiernos populares”  en tanto la participación colectiva (especialmente de los más humildes) en el ejercicio del poder político, por lo que mal puede entonces construirse el acto de habla “Socialismo Bolivariano” porque entraña en sí mismo una contradicción equivalente a decir “Capitalismo Social”.

En segundo término, el “Socialismo Bolivariano” luce profundas contradicciones entre teoría y praxis. De verbo socialista encendido y en un arremeter cotidiano contra la “propiedad privada burguesa” en el contexto de los restos de una “democracia burguesa inoficiosa y corrupta”, son frecuentes los señalamientos de corrupción, concusión y cohecho contra el gobierno socialista venezolano, además de sindicársele de favorecer las operaciones del narcotráfico local. Pero si acaso esas acusaciones fuesen propias de sus enemigos ideológicos, lo que resulta lógico suponer, basta con mirar su comportamiento tanto público como privado: grandes vehículos blindados de lujo; profusión de guardaespaldas; viviendas palaciegas; viajes a centros turísticos paradisíacos; costosas joyas; ropa de marcas europeas; y fiestas fastuosas costeadas con el erario público. A esto hay que añadirle sociedades dudosas con miembros del hampa común; la formación de una oligarquía propia al mejor estilo de sus predecesores de la “democracia burguesa” y, peor aún, de las dictaduras militares del pasado. Y la más reciente: el destape de una olla podrida que destaca los vínculos del Vicepresidente de la República con una suerte de negociado multimillonario en las compras del Estado, obscuros lazos con las mafias del tráfico de estupefacientes y empresarios privados con oficinas y múltiples inversiones en la ciudad de Miami, una de las capitales financieras más importantes del (tan odiado por ellos) “Imperio Norteamericano”.

Plétora de contradicciones ideológicas resulta también la retórica socialista revolucionaria del “Socialismo Bolivariano”. El “beneficio” o “utilidad” es un concepto propio de la práctica capitalista por definición, sin embargo es frecuente escuchar al Presidente Maduro hablar de “planes de inversión financiados con el beneficio de las empresas en manos del Estado”; susceptible de ser tildado de “exageradamente rígido nuestro argumento” la construcción anterior escapa por completo a la estricta retórica socialista: en el socialismo no existe la “utilidad” como concepto y tampoco la “inversión” como acción. De hecho el Presidente Maduro ha sido particularmente cáustico con “algunos marxistas-leninistas” a quienes llamó “traidores preciosistas”, dicterio que pareciese un ataque directo al Partido Comunista de Venezuela, organización política que apoya al “proceso revolucionario” pero que se ha manifestado particularmente crítico al gobierno en las últimas semanas.

De manera que como lo hemos podido apreciar en líneas previas, nuestro “Socialismo Real” hispanoamericano no escapa del metabolismo inexorable de nuestros sistemas políticos. Es pletórico de contradicciones ideológicas y es más “retórico” que real, rayando en algunos casos en auténtica “farsa”, con todo lo contradictorio que pueda tener una “farsa” respecto del cognomento de “auténtica”. Ineficiente e inoficioso y, en no pocas ocasiones, improductivo, el “Socialismo Real” hispanoamericano no difiere con mucho (sobre todo en el ejercicio del poder político) con aquellos sistemas políticos instaurados por sus odiados enemigos de las “Democracias Burguesas” o de las “Dictaduras Fascistas” ambas formas de gobierno bajo el patrocinio del “Imperio Norteamericano”. Corruptos, cohechadores, ávidos de la riqueza material y del ejercicio omnímodo y unipersonal del poder, los gobiernos (y algunos mandatarios) socialistas o autodenominados de tales, terminan cayendo en el mismo pozo séptico que habitan sus denostados predecesores “oligarcas burgueses”, resultando más amargo escucharlos cuando en heroicas peroratas, especialmente en sus onomásticas revolucionarias, se desgañitan nombrando inútilmente y en el paroxismo de la contradicción “…la soga en casa del ahorcado” al defender con fruición sus logros, pero sobre todo “…su moral y ética socialistas revolucionarias…”








viernes, 10 de febrero de 2017

El lenguaje político marxista y la “bravuconada” como instrumento de negociación.



Decía J.G.A Pocock que un lenguaje político constituía una manera “prescripta de hablar” el discurso político en un contexto histórico determinado, definiendo en consecuencia el “discurso político” como un conjunto estructurado de actos de habla, hablado en ese “lenguaje político”, precisamente en ese contexto de prácticas sociales e históricas determinadas. Desde estas perspectivas y con la presentación de evidencia empírica constatable, trataremos de mostrar la presencia de la “bravuconada” como estilo discursivo dentro del lenguaje político marxista, utilizado como recurso estratégico en un contexto definido por la negociación política. Pero antes, resulta esencial definir primero que entendemos por “bravuconada”.

El Diccionario de la Real Academia Española muestra como significado del vocablo, la secuencia que nos permitimos transcribir: bravuconada, de bravucón, dicho o hecho propio del bravucón. Y por bravucón: de bravo, esforzado o valiente solo en la apariencia. De manera que una “bravuconada” es una acción propia del “bravucón” que termina siendo un sujeto esforzado o valiente pero solo en apariencia. Desde la perspectiva de un juego y utilizada la “bravuconada” como estrategia, esta tendría por objeto mostrarse (el negociador) como “valiente y esforzado” en apariencia. Sería acaso interpretable como una “esforzada apariencia” con la intención de “disuadir” o “atemorizar” o mostrarse “esforzado” en hacer realidad el fruto de “una lucha denodada y permanente” por una “causa trascendente”.

La “bravuconada” hacía parte de aquellos famosos debates entre Lenin y Plejanov respecto de la agitación y la propaganda. Era indispensable mantener en agitación constante a la masa para lograr los objetivos revolucionarios a corto plazo. De ahí el discurso encendido en la plaza pública, en la fábrica, en los campos. Resultaba esencial mantener a la masa “a punto de quiebre” para generar la necesaria acción tumultuaria para cuando se ofreciese. El dicterio, el insulto, la acusación y el señalamiento, como figuras retóricas, debían dominar el exordio hasta lograr el tumulto explosivo. Solo así la acción vindicativa podía ser la protagonista del discurso revolucionario. Paradójicamente, esta forma leninista de agitación, pasó al Fascismo italiano y de allí, al Nacionalsocialismo alemán. Son históricas, así como reproducidas ad nauseam, las bravuconadas del Duce y del Fhürer en sus discursos cotidianos de antes y después de la toma del poder.

Ese estilo del “bravucón” de manos en la cintura, brazos en alto, gritos destemplados y acciones teatrales, aún no imitados jamás por Josip Stalin, si lo fueron en la parla discursiva de su aparato gobernante, los discursos de los Comisarios del Partido Comunista Soviético, especialmente en las fábricas y granjas nacionalizadas, así como en los cuarteles y repartimientos militares. Esas exhortaciones constantes a los “Camaradas”, a las “armas”, a las “batallas populares”, pasaron a formar parte sustantiva del lenguaje marxista, convirtiéndose en una forma específica de hablar y concebir el discurso marxista-leninista con independencia del tiempo y el lugar. Pero cabe preguntarse ¿Se convirtió esta parla discursiva camorrera  en estilo? ¿Se hizo condición necesaria y suficiente en el marxista-leninista más como afán de ser visto el Socialismo como una forma de vida que como un sistema político-ideológico? ¿Se transformó acaso en estrategia para encarar los juegos de poder? ¿Hasta dónde se hizo retórica y dejó de ser discurso por auto-convicción?  Algunas de esas interrogantes han sido magistralmente respondidas por afamados filósofos, algunos marxistas como Henri Lefevre y Michael Foucault o por alguna de sus contrapartes filosóficas demoliberales, como por ejemplo, Fernando Sabater.

La interrogante que urge estas letras es “la bravuconada como estrategia en un juego de poder  de naturaleza suma-cero”, reformulando la pregunta: ¿Hasta dónde es “real” la bravuconada? ¿En dónde termina la intencionalidad histriónica y comienza la intencionalidad estratégica? En América hispana, más específicamente, en nuestra historia inmediata, tenemos al menos tres muestras palmarias del “bravucón”: los Comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez en sus expresiones más causticas, el Doctor Rafael Correa con una discursiva más atemperada, pero dependiendo del “escenario”. Imposible determinar con exactitud estos límites, pero si es posible escoger momentos en la retórica de estos tres personajes que, según sea  las coyuntura en tránsito, se puede apreciar la presencia del “histrionismo bravucón” como parte de las estrategias escogidas en el ámbito de una negociación de fuerza. Los discursos de Castro en el contexto de la crisis de los misiles de 1962. Aquellos de Chávez antes del golpe del 2002 y luego durante los sabotajes petrolero y patronal. El arrebato de Correa de quitarse la corbata y abrirse la camisa como acto de “inmolación patria” frente a los policías que lo tenían secuestrado, mientras se profería un discurso “revolucionario-marxista” más como elemento de agitación y propaganda, en el contexto de una situación comprometida, que como una acción impensada y propia del calor de los acontecimientos. Castro, inequívocamente marxista-leninista; Chávez, de afecto fraternal por aquel (tanto por el socialismo marxista como por Fidel); y Correa, “marxistamente discursivo” sin serlo, hicieron uso frecuente de la “bravuconada” como instrumento estratégico de negociación.

No parecería ser aquel comportamiento de “bravucón”  impulsado por y en la “bravuconada misma”, sino parte de una “actuación deliberada” acompañada del discurso incendiario marxista como parte de una movida o conjuntos de movidas para lograr un resultado previamente estudiado, aun cuando el estudio hubiese sido producto de las circunstancias reproducidas in situ, en medio de un instante particular.  Pero como muestra del uso de la “bravuconada” en el marco de la historia política contemporánea, traemos un ejemplo interesante respecto de un incidente que envolviese a Sir Winston Churchill y a Josip Stalin, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, colación intencional que hacemos para salirnos de un ámbito que no sea “tan familiar” a nosotros como aquel que mencionáramos previamente y que, acaso, menos susceptibilidades hiera al ser recientemente fallecidos dos de los personajes mencionados y el tercero estar inmerso en una justa electoral por culminar.

Corría la segunda gran conflagración mundial y la Unión Soviética seguía bajo el asedio de los alemanes, aun habiendo sido derrotados los nazis en Stalingrado. Stalin recibía de Inglaterra ayuda material desde la ruta del norte, mediante convoyes de barcos con escolta británica, que arribaban a puertos soviéticos liberados del asedio nazi o nunca tomados por estos, virtud de la heroica resistencia rusa. Dos encuentros previos en Moscú con ocasión de sendos viajes de Churchill para acordar con los rusos estrategias comunes contra los alemanes, luego de la invasión de Hitler a la URSS, lo que había volteado la tortilla a favor de los Aliados, habían sido en particular molestos para el Primer Ministro británico por el trato, en instantes, “particularmente desagradable” de Stalin. Acaso inscrito en lo que pudiera ser la proverbial bravuconada marxista, el trato del jerarca ruso era visto por Churchill como ausente de tacto diplomático.
  
En el invierno de 1943, el Primer Ministro había recibido numerosas quejas del Almirantazgo Británico respecto del trato recibido en los puertos rusos por parte de las autoridades soviéticas, sobre el tránsito y libre desplazamiento de las tripulaciones tanto de los mercantes ingleses, como de las unidades navales inglesas, que prestasen servicios como escoltas de los convoyes. El Primer Ministro envía entonces el siguiente telegrama directamente a Stalin, quejándose de semejante trato, pormenorizando las afrentas y aprensiones de las que son víctimas las tripulaciones, sobre todo tomando en consideración los “importantes sacrificios que marinos ingleses han hecho para apoyar la resistencia rusa contra el hitlerismo”.  Dice allí Sir Winston:

“Las autoridades civiles de su país nos han negado todos los visados para los hombres que iban al norte de Rusia, incluso para relevar los que hace tiempo deberían haber sido relevados. Mólotov ha presionado al gobierno de Su Majestad para que acepte que la cifra del personal militar británico en el norte de Rusia no supere la del personal militar soviético y la delegación comercial en este país. Pero no hemos podido aceptar su proposición porque su trabajo es bastante diferente y la cantidad de hombres necesarios para las operaciones bélicas no se puede determinar de forma tan poco práctica”[1]

Luego de esta manifestación de presunto bloqueo de las autoridades civiles rusas, lo que pudiese traducirse en actos propios de la burocracia soviética y sus repertorios formales de intermediación con propios y extraños, el Primer Ministro Británico, como dijéramos previamente, comienza a pormenorizar lo que él define como “las restricciones” a las que son sometidas las tropas, marinería y oficiales tanto de la Marina de Guerra como su par marítima mercante:

“… (a) Nadie puede desembarcar de una embarcación de Su Majestad ni de un barco mercante británico si no es en una embarcación soviética, en presencia de un oficial soviético y después de que le examinen los documentos en cada ocasión. (b) Nadie procedente de un buque de guerra británico está autorizado a pasar junto a un barco mercante británico sin que se informe a las autoridades soviéticas de antemano. Esta medida se aplica incluso al almirante británico que se encuentre al mando. (c) Los oficiales y los marinos británicos están obligados a conseguir pases especiales antes de poder desembarcar o pasar de un barco británico a otro. Estos pases a menudo retrasan mucho con el consiguiente trastorno para la tarea que estén llevando a cabo. (d) No se pueden desembarcar provisiones, equipaje, ni correo para la fuerza operacional si no es en presencia de un oficial soviético y hay que cumplir numerosas formalidades para embarcar todas las provisiones y el correo. (e) La correspondencia privada del servicio es objeto de censura, aunque para una fuerza operacional de este tipo de censura debería quedar, en nuestra opinión, en manos de las autoridades británicas. La imposición de estas restricciones afecta tanto a los oficiales como a los marinos, lo que perjudica las relaciones anglo soviéticas y resultaría sumamente ofensivo si el Parlamento se enterara.”[2]

El texto anterior, más allá de la también proverbial intencionalidad británica por “controlar” todos los espacios dónde, durante la guerra, hubiese tenido alguna clase de influencia, aunada a algunas de las características del líder dominador (Spranger) que resaltaran en Churchill, resulta evidente que en la condición de “único aliado” en el esfuerzo de Guerra, sin costo material alguno para los soviéticos hasta ese momento, debía suponer un trato más respetuoso.

Doce días, inusual en esos tiempos de huracanado viento bélico, se tarda Stalin en responder al telegrama de Churchill y lo hace en los siguientes términos, iniciando el texto con un tema para nada relativo al reclamo formulado por el inglés. Dice allí el “Mariscal” Stalin:

“Recibí su mensaje del uno de octubre en el que me informaba de su intención de enviar cuatro convoyes a la Unión Soviética por la ruta del norte en noviembre, diciembre, enero y febrero. Sin embargo esta comunicación pierde su valor cuando manifiesta que esta intención de enviar convoyes al norte de la URSS no es una obligación ni un contrato sino solo una declaración que, según se puede entender, los británicos pueden rechazar en cualquier momento sin tener en cuenta la influencia que esto pueda tener en los ejércitos soviéticos que se encuentran en el frente. Debo decir que no puedo estar de acuerdo con semejante planteamiento de la cuestión.”[3]

El “camarada” Stalin se manda un primer párrafo diplomáticamente demoledor. En principio no solo ignora, por ahora, las solicitudes del Primer Ministro inglés, sino que “reclama” como “una obligación” de los ingleses “el envío de convoyes de ayuda” (compromiso por cierto no consignado en ningún tratado previo), que de no cumplirse, podría comprometer el esfuerzo bélico ruso. Y manifiesta sin ambages “…no estar de acuerdo con semejante planteamiento…”. El “camarada”  está tratando a su único aliado hasta ahora, como si se tratase de un proveedor a su servicio, con el agravante de que, tres años antes, cuando ese “único aliado” estaba siendo bombardeado por Hitler, Stalin fungía como fiel acompañante del líder nazi en la tarea de repartirse Europa. Y continúa más adelante en el afán por la “bravuconada”:

“Los suministros del gobierno británico a la URSS, los armamentos y demás productos militares, no se pueden considerar más que una obligación que, por un pacto especial entre nuestros países, el gobierno británico asumió con respecto a la URSS, que lleva a sus espaldas por tercer año ya la enorme carga de la lucha contra el enemigo común de los aliados: la Alemania de Hitler.”[4]

Stalin sigue sorprendiendo a Churchill. Le arrostra un “pacto especial” aún no perfeccionado, insiste en la existencia de una “obligación explicita en tal pacto” y culmina mencionando la soga en la casa del ahorcado: “…la URSS (…) lleva a sus espaldas por tercer año consecutivo (…) la enorme carga de la lucha…”. Churchill se pregunta: “¿Y quién supondrá Stalin lo ha estado haciendo por el mundo hasta ahora?”...Solo después de este par de “pitanzas bravuconales” es que el líder ruso aborda el tema de los reclamos y en el siguiente tono:

“Con respecto a su mención de las formalidades y de ciertas restricciones que existen en los puertos del norte es necesario tener en cuenta que estas formalidades y restricciones son inevitables en zonas próximas al frente y no hay que olvidar la situación de guerra que existe en la URSS (…) Sin embargo, las autoridades soviéticas concedieron numerosos privilegios en este sentido a los soldados y los marinos británicos con respecto a los cuales se informó a la Embajada Británica hace mucho tiempo en el mes de marzo. De modo que las formalidades que se mencionan se basan en información inexacta.”[5]

Pero ¿habla Stalin con un “aliado” o lo hace con un “socio incómodo”? No solo justifica las restricciones por estar cercanos al frente de guerra (incierto) sino advierte lo evidente “…la URSS está en situación de guerra…” Por supuesto que los ingleses lo saben: ¡¡¡son sus aliados!!! Finalmente, parece ceder al menos en un aspecto (y lo hace como una concesión graciosa) al afirmar que no tiene nada que objetar en relación a que “…la censura de la correspondencia privada del personal británico en los puertos del norte la realicen las propias autoridades británicas…” pero de nuevo advierte “…siempre que exista reciprocidad…”. Tragando grueso, presumimos, Churchill comenta, tanto al Presidente Roosevelt como a su Gabinete de Guerra:

“Acabo de recibir un telegrama de Stalin que no me parece exactamente lo que uno podría esperar de un caballero por cuyo bien tenemos que hacer un esfuerzo tan incómodo, tan extremo y tan costoso (…) Pienso, o al menos espero, que este mensaje venga de la maquinaria más que de Stalin ya que tardaron doce días en su elaboración. La maquinaria soviética está bastante convencida de que pueden conseguirlo todo con bravuconadas y estoy seguro de que es importante demostrarles que no siempre es así.”[6]  
Churchill muestra su molestia por un texto que considera ofensivo, pero le otorga el beneficio de la duda a la autoría de Stalin: “(…) Pienso, o al menos espero, que este mensaje venga de la maquinaria más que de Stalin…”  Y agrega un acto de habla que consideramos medular para este artículo: “La maquinaria soviética está bastante convencida de que pueden conseguirlo todo con bravuconadas”. Este acto de habla sugiere que no es nueva la “bravuconada” como estrategia discursiva (y de acción) en las gestiones de lo que el Primer Ministro define como la “maquinaria soviética”. El asunto estriba en demostrar si se trata de un “repertorio burocrático” (Allison) propio de toda estructura de tal naturaleza o si se trata de un “repertorio propio de la burocracia marxista” en tanto el fondo confrontacional que la agitación supone. Lo que sí parece colegible es que “la bravuconada es propia de la maquinaria burocrática soviética como estrategia para obtener resultados” según se deduce del juicio de valor del propio Churchill. Veamos las consecuencias para los rusos.

A resultas de este telegrama, el Primer Ministro solicita al Gabinete de Guerra se suspenda el envío de convoyes a Stalin por la ruta del norte, petición que es no solo concedida sino respaldada por el cuerpo ministerial, sobre todo al conocer el contenido del telegrama. Seis días más tarde, Churchill convoca al nuevo embajador ruso en Londres, Gúsev y le hace saber que ha recibido un sobre de esa legación, que en apariencia contiene un documento relativo al plan de recepción de los convoyes. Gúsev así lo ratifica y sin abrirlo, el Primer Ministro le comunica “no estar preparado para recibirlo”, se pone de pie, se dirige a la puerta de su despacho y abriéndola para que el diplomático la abandone, le agradece su presencia. Gúsev sorprendido no sabe qué hacer; intenta regresar el sobre al Primer Ministro y este, elegantemente, se niega de nuevo a recibirlo. Previamente le ha hecho saber que Sir Anthony Eden, Ministro de Asuntos Exteriores de la Gran Bretaña, tratará directamente en Moscú y con el Ministro Mólotov la marcha futura de la ayuda inglesa al esfuerzo de guerra ruso. Sobre estas gestiones, Churchill acota:

“El diecinueve de octubre Eden, a su llegada allí para una conferencia planeada hacía tiempo entre los ministros de Asuntos Exteriores de los tres grandes aliados, telegrafió que Mólotov había ido a verlo a la embajada y le había dicho lo mucho que su gobierno valoraba los convoyes y la tristeza que le producía su ausencia (…) Mólotov prometió hablar con Stalin de todo esto y organizar una entrevista.”[7]

Este testimonio de Churchill, basado en la comunicación de Eden, permite entrever que la estrategia de la “bravuconada marxista” está cediendo. Mólotov le ofrece “…hablar con Stalin y organizar una entrevista”. Finalmente, la entrevista se realiza el 21 de octubre de 1943 y para “dramatizar” un poco más el ambiente, Churchill, a sugerencia de Eden, previamente ha suspendido el envío de los destructores a la ruta, operación naval que debía preceder a los convoyes. Finalmente, se logra un acuerdo satisfactorio a las partes, en atención a las aspiraciones mutuas y se reanuda el envío de los suministros. La estrategia de la “bravuconada marxista” no le funcionó esta vez a los rusos, imponiéndose “la tradicional flema inglesa”.

La declinación de Mólotov, independientemente de tratarse de los esfuerzos de guerra, que suponían la vida o la muerte de la “Madre  Patria Rusa”, permite colegir que el tono bravucón era propio de una forma de negociación tradicional en la burocracia rusa, acaso por derivación natural del discurso marxista de la agitación. De cualquier manera, no funcionó con Churchill. Como punto final de este largo artículo, dejemos como epílogo el testimonio concluyente del Primer Ministro británico respecto de todo este asunto:

“Los cuarenta convoyes a Rusia transportaron una cantidad inmensa de material por un valor de 428 millones de libras que incluía cinco mil carros de combate y más de siete mil aviones, solo de Gran Bretaña. De este modo cumplimos nuestra promesa, a pesar de las duras palabras de los líderes soviéticos y de la actitud desagradable que tuvieron con nuestros marinos.”[8]


[1] Churchill, Winston, La segunda guerra mundial. LA ESFERA DE LOS LIBROS. Madrid, 2006. Págs.443 y 444.
[2] Churchill…Op.Cit…Págs. 444 y 4445.
[3] Churchill…Idem…Pág. 446.
[4] Churchill…Ibid…Pág.446
[5] Churchill…Ibid…Pág.447
[6] Churchill…Ibid…Pág. 448. (Las negrillas son nuestras)
[7] Churchill…Idem…Pág. 449. (Las negrillas son nuestras).
[8] Churchill…Ibíd…Pág.453.