jueves, 8 de diciembre de 2016

Democracia, Estado de Bienestar y Sistemas de Conflictos.

La Democracia es, en el sentido aristotélico del término, una forma de gobierno. Junto a la Oligarquía y la Aristocracia comparte esta definición en el marco de la más clásica filosofía política de este grande del pensamiento humano occidental de todos los tiempos: Aristóteles. Con el devenir del tiempo y más específicamente entre los siglos XX y XXI, adquirió un peso específico singular, tanto que asumió identidades en un amplio espectro político ideológico. Así, luego del triunfo de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, la democracia representativa, con división de poderes, procesos electorales tanto para la escogencia de representantes a un parlamento bicameral como a su propia Primera Magistratura Nacional, en el contexto del Capitalismo Desarrollista como sistema económico, anclado en una sociedad de clases con el empresario capitalista a la cabeza, terminó siendo asumida como el paradigma democrático occidental, incluso en los países con monarquías constitucionales.

El modelo de la Democracia Participativa, Directa y Social, impulsada por filósofos y teóricos políticos como Poulantzas, Peat y Macpherson, neosocialistas y, por otra parte, la Democracia Popular, una forma sui generis propia de los países autodenominados socialistas, terminaron por cerrar el abanico de opciones “democráticas” en los países de alguna figuración pública en el  mundo de postguerra. La Guerra Fría y los intereses geopolíticos de los bloques en pugna, colocaron en contravía a la Democracia Popular y la Democracia Representativa, haciendo los actores en liza que “el bienestar económico” se asociase a la dicotomía inextricable de Capitalismo-Democracia Representativa, mientras “el malestar económico” (pobreza, exacción, fracaso y ruina), empíricamente comprobable, se hermanase al Socialismo-Democracia Popular.

Ante el fracaso económico evidente de los países con y en Socialismo-Democracia Popular, al no hacer posible, mediante economías centralizadas, el logro de “la justa distribución de la riqueza” pero sí “la justa distribución de la pobreza” (con, además y por añadidura, la consecuente creación contradictoria de unas “oligarquías revolucionarias” identificadas con el curioso nombre de “Nomenklaturas”) la dicotomía Capitalismo-Democracia se alzó con la presea del Bienestar, siendo este estado, esto es, el Estado de Bienestar, inextricablemente unido al par dicotómico referido.

Un Sistema de Conflictos es, por definición nuestra, un sistema complejo cuyas partes interactuantes son, a su vez, sistemas de conflictos sociales, económicos y civiles-militares que terminan alcanzando, virtud de su relacionamiento mutuo, un fin común, fin que hace que su crecimiento e intersección, lo mantengan en cohesión dinámica, rotando intersectado al interior del Sistema Político. Finalmente, el Sistema Político es llevado, por acumulación permanente de perturbaciones, al umbral de inestabilidad y de allí, al través de su trascendencia, hacia otras configuraciones sistémicas.

De manera que siendo el Estado de Bienestar consustancial a la dicotomía Capitalismo-Democracia Representativa, la pérdida del primero supone el debilitamiento de la segunda. Veamos esta situación a la luz de los Sistemas de Conflictos. El Sistema de Conflictos Socioeconómicos como sistema complejo, se va integrando con todas aquellas situaciones conflictuales que tiene su origen en la forma, cuantía y modos de distribución de la riqueza. Así los conflictos laborales (desempleo, bajos salarios, por ejemplo), la pobreza, la inasistencia social, la falta de acceso a la educación y la muy elemental satisfacción de las necesidades básicas mediante el acceso oportuno y suficiente a los bienes y servicios, van cargando de perturbaciones (y por ende de entropía) al Sistema de Conflictos Socioeconómicos. Entra en rotación al interior del Sistema Político primero en un recodo, luego en el centro y finalmente en buena parte de la constitución sistémica política, haciéndose totalmente visible. No tarda ese Sistema de Conflictos Socioeconómicos en intersectarse con el Sistema de Conflictos Políticos. Integrado por los conflictos de naturaleza política, esto es, aquellos derivados de las confrontaciones ideológicas, la falta de acceso al poder político, los apremios por la condición de minorías “beta” en el espectro de partidos políticos, las fricciones inter e intrasistémicas en las fronteras entre lo político (la participación) y lo ideológico (confrontación socialismo-capitalismo) y, finalmente, la elemental lucha por el poder, las confrontaciones por motivos sociales y económicos, comienzan a ser “explicadas” en la retórica política, haciéndose parte de su patrimonio argumental y ayudando a disminuir la disonancia cognitiva de los actores que, mientras más pobres cultural y materialmente, dan pábulo a aquellas “justificaciones” dónde encuentran “respuestas” o “razones” a sus sufrimientos y posibilidad cierta de conjurarlos a corto plazo.

Los colectivos sociales jamás miran hacia atrás; siempre parecen vivir en el “aquí y ahora” y el “discurso político apropiado” ayuda a la satisfacción de los apremios políticos de poder, utilizando como “motivos básicos” las necesidades de las gentes. Así, el Sistema de Conflictos Socioeconómicos (reales) se intersecta con el Sistema de Conflictos Políticos (reales, existentes o creados al calor de la turbulencia socioeconómica) para dar origen a un Sistema de Conflictos más amplio, más entrópico en sí mismo y, por ende, aún más entrópico al Sistema Político.

Las perturbaciones, en aumento gracias a la entropía social, política y económica, no tardan en manifestarse en situaciones explosivas y, más temprano que tarde, el Sistema Político comienza a “defenderse” mediante el empleo de la Fuerza Pública, llámese Policía o Fuerzas Armadas. En un inicio como “represor”, los conflictos civiles-militares responden a una confrontación entre bandos opuestos enfrentados: los civiles manifestándose en protestas de naturaleza violenta (o acaso no) y la fuerza pública como garante de “la ley y el orden”. Pero policías y militares hacen parte de la sociedad y es posible que al interior de algún cuerpo de tal naturaleza, se comiencen a gestar conflictos que, gracias a la sordina legal militar, se mantengan a “soto voce”. Lo cierto es que, cuando tales conflictos afloran en forma de confrontación intrasistémica, los tres sistemas se intersectan y el Sistema Político entra en una grave crisis existencial.

Al borde de esa crisis de cuasi supervivencia del Sistema Político, renacen los nacionalismos, las xenofobias, los encerramientos, los mensajes elementales donde “Patria, Estabilidad y Seguridad” son los conceptos que como malformaciones congénitas, hacen eclosión en sociedades inveteradamente enfermas por sus propias contradicciones. En los países desarrollados, se transforman en “nuevos liderazgos”, inscritos en “nuevas organizaciones” políticas, con “nuevos mensajes” que, al esculcarlos en sus contenidos, solo se consiguen las mismas “frases hechas” en el pasado nazi-fascista de la humanidad. En los países pequeños y débiles institucionalmente, devienen en guerras civiles o en los sueños trasnochados de y para el hallazgo de “dictadores mesiánicos” o ideologías revolucionarias vindicativas y distribuidoras de riqueza, dirigidas o no por aquellos.

La consustancialidad que del Capitalismo-Democracia y Estado de Bienestar se construyó en Europa Occidental luego del fin de la Segunda Guerra mundial, está llevando hoy a esa región continental al borde de su propia crisis existencial. Italia cruje bajo el peso de una crisis económica y se voltea por una parte hacia el viejo Fascismo y, por la otra, hacia un Socialismo sarampionoso y vengador. Austria hace lo propio, viendo en el Nazismo redivivo la posibilidad de su salida de una crisis económica, que ya empezó a manifestarse en sus ciudades más pequeñas. En Alemania, la cuna del error hitleriano en los años 30, ya empezó el “nacionalismo alemán” a amenazar el poder, por la vía de la imposibilidad de la CDU de evitar el colapso económico en ciernes, del que culpa la población más ignorante a los migrantes en masa procedentes de oriente próximo.

Se tambalea la Turquía democrática y da paso a un Rejep Tagip Erdogan que se disfraza de Ataturk, cuando bajo sus vestiduras “muy occidentales”, se ven los calzados acornados de Selim. Y en nuestros predios, ya están empezando a mostrar las garras dictadorzuelos, tanto de un extremo como del otro, con arrestos de “Perones” de ultraderechas o de “Stalinotes” de izquierda acomodaticia: Macri y Maduro son pruebas vivientes de ello. Todo esto nos hace pensar que la “D” de Democracia y de Dinero, parece ser la misma, esto es, la Democracia es débil cuando es débil el Estado de Bienestar. Solo sobrevive la idea decente de un gobierno del pueblo, para pueblo y por el pueblo, cuando hay suficiente dinero del pueblo, para invertir por el pueblo, sobre todo para el pueblo y, más que nada, para repletar los bolsillos de quienes “democráticamente” lo dirigen. Triste destino el de la humanidad. ¡Que poco ha aprendido de sus grandes errores!



martes, 6 de diciembre de 2016

Hasta la victoria… ¿Siempre?

En un ciclo de once conferencias en la Universidad de Harvard, allá por los años 70, el Profesor John Austin dio a conocer una muy importante interpretación respecto de las oraciones como construcciones verbales o escritas. Dijo entonces el Profesor Austin que las oraciones eran realmente “actos de habla” en tanto quienes las construían, lo hacían en atención a la expresión formal de tres acciones: informar algo, tratar de producir un efecto sobre quien escuchaba (o leía) y, definitivamente, producir un efecto deseado en quien escuchaba (o leía). Cada uno de esos “actos” fue bautizado específicamente por el Profesor Austin; a los primeros los llamó “locuciones”; a los segundos “ilocuciones”; y a los terceros “perlocuciones”.

El Profesor Quentin Skinner, en la muy afamada y antigua Universidad de Cambridge, siguiendo la teoría del Profesor Austin, formuló el argumento que en todo discurso cada acto habla estaba dotado de una intencionalidad, escrutable en el discurso como texto, estudiado en un contexto determinado. Y finalmente el Profesor J.G.A Pockock, también importante catedrático de esa muy prestigiosa casa inglesa de estudios, terminó definiendo al discurso político como un conjunto estructurado de actos de habla, dotado de una intencionalidad precisa y proferido en un contexto de prácticas sociales y situaciones históricas determinadas.

La pretensión de este artículo es escrutar la intencionalidad del acto del habla con el que se titula; en cual discurso político se inserta;  a qué alude y en qué contexto; y, finalmente, a cuales “situaciones históricas” pertenece. Finalmente, se hace un ejercicio personalísimo respecto de su validez y se hace notar que, quienes lo pronuncian, pero, peor aún, quienes lo escuchan, no han entendido que, en sí mismo, encierra una importante contradicción, contradicción que por desgracia lo debilita temporal y moralmente, según la humilde percepción de quien estas líneas escribe.

Atribuido al Doctor Ernesto Guevara de la Serna (también se le atribuye al Doctor Fidel Castro Ruz), mejor conocido como el Che, la encarnación cabal del guerrillero heroico y del revolucionario marxista del siglo XX, “Hasta la victoria, siempre”  es un acto de habla que viaja de la locución a la perlocución en un instante. Con lo que pareciese ser el deseo inicial de “informar” la resolución de quien la profiere (en tanto su thelos) esto es, la intención de marchar “hacia la victoria” todo el tiempo que sea necesario, aún más allá de la finitud humana de quien la pronuncia, adquiere en un instante la categoría de ilocución porque se desea causar en quien oye la impresión de la resuelta voluntad de quien la pronuncia, convirtiéndose en perlocución para quien en trance de convertirse, decide avanzar hacia la victoria, siempre que sea en pos de quien asume tamaño compromiso al proferirlo.

Este acto de habla se ha transformado en la fórmula final del discurso marxista revolucionario latinoamericano, especialmente en quienes tienen la responsabilidad de su pronunciación pública. Marca el “punto final” de todo párrafo inscrito en la resolución de los gobernantes cubanos, cada vez que tienen una aparición pública y multitudinaria, siendo su clara intencionalidad mostrar “la garra voluntariosa” que precede a la acción. Es un acto nacido en el contexto histórico que marcó el inicio de la lucha armada marxista en el continente americano (norte, centro y sur) de habla luso-hispana con ocasión del triunfo de la Revolución Cubana (el hecho bélico) en las postrimerías de la quinta década del siglo XX. Ese acto nos ha acompañado por más de 60 años y ha sido pinta de pared, consigna de muchachada, cierre de obrero discurso y marca de fábrica de una forma de hacer política real en nuestros predios.

Sin embargo encierra una contradicción interna, paradójico en una construcción marxista, dónde las contradicciones activan la dialéctica como forma de ver y hacer historia. Desde nuestro punto de vista, acaso una contradicción que destruye buena parte de su contenido y convierte, tan potente e histórico acto de habla, en mera fórmula retórica hoy. Comencemos por el principio, no queriendo, claro, hacer el papel del “analizador de chistes”, esto es, aquel que de tanto buscar explicaciones, termina por desdibujar el chascarrillo y despojarlo de su gracia, en aras de una “supuesta claridad de pensamiento”. Pero asumamos el papel y por ende, la responsabilidad.

El adverbio “Hasta” sugiere un límite: “Te amo hasta que muera”, “Hasta que la muerte nos separe”, “Hasta el fin del mundo”. De modo que la voz nos indica que “Hasta que lleguemos dónde tengamos que llegar” la acción que precede el adverbio se mantendrá, luego de ella fenecerá o se cambiará por otra. “La Victoria” es lo contrario de la derrota; el pago máximo de todo juego suma cero; la meta del combate, sea político o armado; la enseña del reconocimiento; el resultado anhelado en la contienda deportiva. Como solía decir John F. Kennedy: la victoria tiene muchos padres, la derrota es huérfana. La combinación del adverbio y el sustantivo, nos conduce al acto de habla: “Hasta la victoria”. Este potente acto de habla nos sugiere que mientras no logremos la victoria, seguiremos avanzando hacia ella, lo cual implica la existencia de una lucha que, por ahora, no tiene definición en el tiempo. Pero si se logra la victoria o alguna clase de ella ¿Fenece el contenido del acto? De ahí la importancia del otro adverbio: “Siempre”. Combinado al acto inicial, nos proporcionaría un acto de habla mucho más completo: “Hasta la victoria siempre”. La potencia del acto ha crecido hasta convertirlo casi en perlocución, esto es y en una suerte de interpretación propia: “No importa cuánto tiempo pase, seguiremos avanzando hacia la victoria, cualquier clase de victoria, su cuantía carece de importancia…”. Luce ser un acto proferido por un hombre tremendamente perseverante, como de hecho lo fuesen Guevara y Castro, y es posible que llegara a significar la enseña fundamental de sus vidas.

Pero aquí empiezan las contradicciones, que van transformando el acto en simple forma retórica, al adscribirlo a otros oradores en otros discursos. Para Fidel Castro  y sus seguidores, el triunfo de la Revolución Cubana fue hecho cumplido y cierto. Aún el sábado próximo pasado y en sus exequias, se insistía en ello, mediante la confirmación de sus “logros revolucionarios”. Quien alcanza un logro triunfa, esto es, obtiene la victoria en su lucha. Entonces nos preguntamos: quién alcanza la victoria en su contienda concreta ¿Seguirá luchando hasta la victoria siempre, aun habiendo llegado a ella? Si la Revolución cubana es dechado de victorias ¿Por qué y para qué seguir luchando hasta la victoria siempre? ¿Y cómo se puede luchar “Hasta siempre” si “Siempre” sugiere infinitud de tiempo y el humano es finito? ¿Cómo se convence al hombre común de que luche “Hasta la victoria siempre” con hambre y privaciones? ¿Cómo puede exigir un burócrata cómodo, en medio de lujos y en el usufructo vulgar del poder, que se dedique un escaso “siempre”, limitado por el tracto de una vida humana, al logro de una “victoria” que no es tangible para quien oye? Con estas inocentes preguntas hemos dejado testimonio de algunas de las contradicciones que lleva consigo este, ahora, en apariencia potente acto de habla. Reducido a fórmula retórica, no pasa de ser equivalente al grito del boguero en la regata, al cántico ritual en un juego de fútbol o el grito de guerra de un partido político tradicional, en el contexto de la pugna interpartidaria cotidiana. Los marxistas leninistas de corte tropical deberían entender la importancia de este acto de habla en la construcción de sus discursos, el compromiso que entraña y de las voluntades de quienes viene.

Comprometerse con una lucha “Hasta la victoria, siempre” escapa de las fuerzas humanas habituales y no hay, especialmente entre los miembros de las Nomenklaturas en los predios nuestros dónde hoy existen, hombres con la talla necesaria para luchar por una victoria hasta el fin de su existencia. Son esos individuos los que la exclamarían como el título del artículo: “Hasta la victoria… ¿Siempre?...”



domingo, 4 de diciembre de 2016

Líderes carismáticos, geometría plana y la “supervivencia” de las revoluciones devenidas en sistemas políticos.

En la autopista de la información, así como en este blog específicamente, hemos referido un trabajo nuestro denominado “La célula pentagonal de poder”  que plantea un modelo descriptivo  acerca de cómo nace, se forma y termina auto-organizándose el poder político, económico y social en torno al líder carismático dominador, cuando los sistemas políticos nacen de la mente, las acciones y procederes formales de este último. Al propio tiempo y según parece sugerir la evidencia empírica,  cada vez que se da un movimiento político ideológico que lleva por nombre “Revolución” y este último es conducido por un líder carismático dominador, si logra su pervivencia en el tiempo, “la Revolución” (misma que conserva su nombre de bautismo desde el principio y hasta lo que pudiese convertirse en su final) deviene en sistema político, al frente del cual se coloca el líder carismático en condición de líder fundamental, Primer Mandatario Nacional y “Pater Familiae” de todo y todos.

Desde la perspectiva de nuestro modelo, concebido como un polígono pentagonal al interior del cual se inscribe una circunferencia (misma que se traza desde el centro geométrico del pentágono) es precisamente el círculo, al interior de la circunferencia, lo que constituye el espacio que ocupa el líder carismático dominador. Los cinco lados del pentágono representan los personajes esenciales que rodean al líder, a saber, el  romántico, el ideólogo, el político de oficio, el soldado y el negociante. No trataremos en detalle a los personajes (ya descritos en otros artículos de este blog y ampliamente desarrollados en el trabajo referido) sino a las figuras planas que se derivan del examen del pentágono y que se van escindiendo de él sutilmente, en la medida que avanza el tiempo, una vez desaparecido el núcleo de la célula, precisamente el círculo al interior de la circunferencia, esto es el líder carismático dominador. Esta escisión geométrica pretende sugerir como los sistemas políticos derivados de una “Revolución” conducida por un líder carismático dominador, una vez desaparecido este último, tienden a debilitarse y, eventualmente, a desaparecer en un cambio de identidad.
La célula pentagonal de poder, precisamente por su forma geométrica, puede ser “dividida” (geométricamente) en dos figuras planas distintas. Suponiendo que el pentágono se trazara sobre una hoja de papel y tuviese una orientación en función de los puntos cardinales (N, S, E Y O), el vértice superior apuntaría hacia el norte y la base descansaría sobre el sur. Los vértices extremos a izquierda y derecha, se orientarían hacia el Este y el Oeste respectivamente. Si trazamos una línea recta que una el vértice Este con el vértice Oeste, obtendríamos un triángulo superior y, debajo de este, un trapezoide de cuatro lados. La recta trazada para unir los vértices sería la base del triángulo y, al propio tiempo, uno de los lados del trapezoide. Los lados superiores, del triángulo superior, estarían constituidos por el Romántico y el Ideólogo; los lados bajos de trapezoide por el político de oficio y el negociante a los flancos, y el soldado en la base.

Hablemos del triángulo superior, al que definiremos como el Triángulo Romántico-Ideológico. Mientras el líder carismático dominador exista, un arco de circunferencia de él penetrará al interior del Triángulo Romántico-Ideológico. Es su presencia mítica, su palabra señera, sus actos y actuaciones, sus creaciones políticas y ejercicios discursivos ideológicos (presuntamente o no), los que “mueven” al romántico hasta las lágrimas y nutren al ideólogo en su creencia que formaliza en doctrina y luego organiza en partido político. El área del Triángulo Romántico-Ideológico lo ocupan en su totalidad “la idea y el romance” que devienen del líder carismático dominador, su épica, impronta y su acción heroica cotidiana expresada en el discurso y que los alimenta a todos como sabia a la planta, sangre al cuerpo, luz al día.

Hablemos ahora del trapezoide inferior, mismo que definiremos como el Trapecio Poder-Riqueza. Son sus lados, como ya indicásemos, el Político de Oficio y el Negociante y su base, su fuerza y sustento, el Soldado. Otro arco de circunferencia del líder carismático dominador penetra a esta figura. Su presencia controla la avidez por el poder del político de oficio; los arrestos autoritarios del soldado; y la ambición por la riqueza material del negociante. El líder carismático dominador lo visa todo, lo supervisa todo, los “vigila” a todos; media, arbitra, sanciona, aprueba y desaprueba los “movimientos” que se dan entre partes. Es su presencia plétora de “autoritas y potestas” la que garantiza el equilibrio interno de aquel “trapezoide de ambiciones”, cuyo espacio lo ocupa en su totalidad la avidez por el poder y la riqueza.

La base del  Triángulo Romántico-Ideológico lo constituyen, siempre a través de la observación vigilante del líder carismático dominador, pequeñas secciones de políticos de oficio y negociantes con intereses concretos en momentos determinados, respecto de aquellos que contiene esa figura plana y una importante componente de soldados que se identifican con la idea y el romance que produce la presencia del Líder-Jefe-Comandante. Esta estructura celular, en la medida en que el líder carismático dominador comienza a marchar de la “Revolución” declarada en un principio a la construcción de un Sistema Político, se va replicando a diversos niveles, creciendo por imitación y trocándose en Retícula Celular que, como tejido canceroso, va “colonizando” espacios del Sistema Político, tanto  a nivel del Estado como a nivel Societal, terminando por constituir Retículas Oligárquicas de diversos niveles, cuya existencia, a su vez, se va solidificando en el tiempo. Pero cabe preguntarse ¿Qué podría ocurrir si el líder carismático dominador, “Pater celular” de aquella estructura, muere? ¿Qué ocurre si su “circunferencia cohesionadora y penetrante” desaparece? Hagamos un ejercicio.

Al desaparecer total y físicamente el líder carismático dominador, la célula pierde su núcleo y el pentágono su figura plana mediadora, controladora e inspiradora. El miedo inicial paraliza; el Triángulo Romántico-Ideológico de debate entre el llanto y la perplejidad, si la desaparición es pronta; pero si esta era esperada y luego de un largo período, ya se han solidificado los principios, fortalecido las organizaciones políticas, identificado los “albaceas indiscutibles” de los legados y se ha formado una grey. Los “templos” se han construido y solo hay una actitud vigilante respecto del Trapecio Poder-Riqueza. Pero hay un celo característico respecto del “legado”. En el Triángulo Romántico-Ideológico permanecen vigilantes los que se consideran “los guardianes”. Una cosa distinta ocurre si la muerte es pronta y sorpresiva; el asunto de la sucesión carismática no se ha resuelto. La “unción” es cosa emergente y la solidificación es poca.

La célula pentagonal tiende a escindirse; el Triángulo Romántico-Ideológico comienza a separarse del Trapecio Poder-Riqueza y al interior de este último, se forman grupos de intereses que comienzan por atrincherarse en sus espacios de poder. La escisión se produce porque en el Triángulo la preocupación es ideológica y por la preservación de aquello que allí se considera “la pura aspiración del líder carismático” respecto del futuro de y en “Revolución”.

Abajo, en el trapezoide, la preocupación es otra; se trata de la preservación de los privilegios, de la riqueza, del control de los hilos del poder, del manejo de las armas y su conservación. Y no habiendo la presencia del líder, cada apetencia pierde sus frenos, la avidez no tiene mediación, y la ambición corre libre de presión y apremio. Lo único que garantizará la pervivencia de aquella célula generatriz y sus retículas tributarias, será la existencia de un “enemigo” común, contra el cual se enfilarán todas las baterías: será lo único “común” a ambas estructuras. Cuando el enemigo común yazca derrotado, la separación sutil entrambas estructuras, apenas perceptible en un principio, se hará patentemente visible y comenzará el tránsito de la “Revolución” hecha luego “Sistema Político”,  hacia su inexorable trascendencia en dirección a otra configuración sistémica, que posiblemente se intente construir bajo la égida espiritual y teórico-política-ideológica del líder carismático desaparecido, pero en el contexto de “una nueva interpretación de sus ideas”, acaso una hábil justificación para salir definitivamente de ellas.






sábado, 3 de diciembre de 2016

Teoría de Conjuntos, “Las Cubanías” y su intersección: ¿Acaso vacía?...

Yusnaby Pérez es un conocido disidente cubano que publica sus trabajos, videos y entrevistas por las redes sociales. Hoy de madrugada, acaso la hora más conveniente para “mirar y leer” noticias en las redes sociales, tuve la oportunidad de observar un programa de TV con ocasión de la muerte de Fidel Castro, que colgase Yusnaby en algún momento, se originase en España y dónde se confrontasen dos jóvenes personajes: uno crecido y producto de la “Revolución” y otro (más bien otra) nacida de la exacción y el extrañamiento de esa misma “Revolución”. Allí me surgió la necesidad de explicarme, como observador externo que vive los “prolegómenos” de un proceso similar, la existencia de dos “cubanías” concebidas como “Conjuntos” al interior de la “Teoría de Conjuntos” en la Matemática.

Comencemos por definir un “Conjunto” desde los extremos más simples (según nuestra perspectiva), esto es,  aquellos que plantea el distinguido matemático europeo George Cantor en su aproximación (definida como Teoría Cantoriana de Conjuntos) la primera, realmente, acerca de esa noción. Dice Cantor que un “Conjunto” es una colección de objetos, con características comunes y sobre la cual no existe duda probable acerca de su conmensurabilidad. Para los conjuntos infinitos (los conjuntos de números por ejemplo) Cantor tiene otras previsiones, irrelevantes, por ahora, para nuestro ejercicio. Hagamos una extensión conceptual: si podemos definir como conjunto conmensurable (desde Cantor) a una “colección de objetos con características comunes”, por inducción analógica (si se me permite la construcción de esta locución en alguna medida redundante), podríamos definir entonces a una “colección de sujetos humanos con características comunes” como un “conjunto conmensurable”.

En la Teoría Cantoriana de Conjuntos existen tres axiomas básicos: el axioma de contención, el axioma de unión y el axioma de intersección. El primero de ellos, a grandes rasgos y desistiendo del uso formal de la notación matemática creada por Cantor para estos fines, con el objeto de hacer más asequible la explicación, establece que todo conjunto se contiene así mismo y puede contener otros conjuntos. Así por ejemplo, el grupo de metales de una orquesta se contiene así mismo y además es contenido por el conjunto orquesta, por definición, el conjunto más grande que lo contiene. El grupo de metales y de cuerdas, pueden unirse y formar un conjunto más grande (subconjunto) de músicos en esa orquesta, de manera que todos los subconjuntos de la orquesta unidos, hacen la orquesta. Este es el segundo axioma de Cantor: dos conjuntos unidos pueden formar un tercer conjunto que los contiene a los dos. El tercer axioma se refiere a la intersección. Supongamos que dos hermanos tocan en la orquesta, uno es ejecutante del violín y otro de la trompeta. Si intentamos intersectar los subconjuntos metales y cuerdas por los instrumentos, no habrá nada en común, pero si los intersectamos por el parentesco de los ejecutantes, ambos subconjuntos, cuerdas y metales, tendrán estos dos elementos comunes y los dos hermanos constituirán un tercer conjunto, es decir, el conjunto de los elementos comunes a los subconjuntos de metales y cuerdas en la misma orquesta. Si esta intersección no fuese posible de ningún modo, Cantor la define como la “intersección vacía”, por definición otra vez, el conjunto cuyo único elemento es la nada.

Luego de la Revolución y por lo que parece haber sido una estrategia evidente de Fidel Castro y sus seguidores, existen dos “Cubanías” conmensurables y con características comunes: una  interna aparentemente “comunista o socialista, revolucionaria, discursivamente grandilocuente, agradecida y feliz”; y otra “anticomunista, contrarevolucionaria, discursivamente discreta, anglo-antillana y ambiciosamente materialista”. Esas serían las “características comunes” que unos y otros se endilgarían. Acaso la segunda “Cubanía” diría de la primera que se trata de una postura artificial que el castrismo les obliga a asumir públicamente para sobrevivir y los primeros dirían de los segundos que “el imperialismo” les ha obligado a odiarlos como cobro de su permanencia en sus predios, dentro de su estrategia de “rendir a la Cubanía original”.

Lo interesante es que en ambas “Cubanías” hay sujetos que configuran “víctimas reales” de la creación original de ambas “Cubanías”, así como también hay “afortunados prebendarios” en ambos conjuntos. Por otra parte, ambas “Cubanías” como conjuntos, han sido obligadas, por los conjuntos más grandes que los contienen, a entrar en una suerte de juego de “perdón” a la que ninguna de las dos como colectivos humanos, están moralmente obligadas a otorgarse. Liborio Peter Pan no le debe nada a Liborio Pionerito; y Liborio Pionerito no tiene que exigirle explicaciones a Liborio Peter Pan. Ambos fueron víctimas de un plan preconcebido producto de ideologías extremas y totalitarias (tanto el imperialismo capitalista norteamericano como el marxismo tropical castrista) cuyo interés fue, es y será la imposición de una interpretación única de la realidad. La verdadera intersección vacía existe entre ambas ideologías totalitarias, no entre las dos “Cubanías”.  Y vamos a probarlo de inmediato.

El “punto cubano”, “el son” y “el bolero”; “los moros y cristianos”; “la ropa vieja”; y “el sanduche cubano”; “los villancicos decemebrinos”; “el tongoneo” y “el Ñó”…son elementos comunes a ambos conjuntos, esto es, la “Cubanía Revolucionaria” y la “Cubanía Capitalista Mayamera”. Es posible que esa tarea propia de los totalitarismos que conciben la realidad desde la concepción de “amigo o enemigo” haya tenido éxito en la lejana península de Corea, la Alemania Nazi o el Viet-Nam de los años sesenta. Pero no lo ha logrado, ni lo logrará en nuestras tierras de manera permanente: el alma nos une al través de un pasado común que es más fuerte que las intencionalidades de poder. Y más pronto que tarde, la “Cubanía Mayamera” se encontrará en su lar común con la “Cubanía Revolucionaria” y ambas se comerán, al fin, “su lechón decembrino en Cuba” porque, inexorablemente, como tenía que ser algún día, Fidel ha muerto.




domingo, 27 de noviembre de 2016

La gestualidad en el líder carismático dominador: Castro, Chávez y Trump.

Max Weber define al líder carismático como aquel individuo poseedor de cualidades extraordinarias que percibidas en principio por sus seguidores inmediatos, es visto luego como persona modélica o enviada por Dios y por eso le atribuyen la calidad de “líder”. Mucho antes, en el Siglo XVI, en la Italia del humanismo cívico, Giovanni Botero afirmaba que el príncipe tenía que decidir entre la bondad y la maldad, entendida esta última como la capacidad de infundir miedo. Decía entonces Botero que solo mediante las acciones heroicas devenidas de la severidad y el miedo, era posible que el príncipe fuese recordado constantemente (“re-putare”).  Finalmente Gustav Le Bon, unos años antes que Weber, hablaba del “prestigio” como cualidad esencial del Líder de Masas;  ese “prestigio” que otorgan los arrestos heroicos sobre las gentes, en particular aquellos nacidos de la auto-convicción. De manera que el líder carismático podría ser definido, desde las perspectivas de estos tres grandes filósofos políticos, como aquella persona que dotada de cualidades extraordinarias, percibidas inicialmente por sus seguidores, goza además de la capacidad de ser constantemente rememorado, virtud de su reputación y su prestigio.

Edward Spranger nos habla, por su parte, del Líder Dominador  y lo define “…como aquella persona que, en su forma más pura, pone al servicio de su voluntad de poder todas las esferas de valor de su vida…”   y cita como sus características esenciales las siguientes:

a) Para él lo fundamental es el poder, el mando, el ámbito de dominio.
b)  Sigue y tiene siempre un programa de finalidades, sujetándolo a todos y haciendo uso de todo tipo de medios para ejecutarlo, sean correctos o incorrectos.
c) Se considera libre de toda norma pero las impone a los demás, incluso por vía coactiva.
d) “Sus disposiciones son indiscutibles, inatacables, coacciona para que sean elogiadas primero por quien ha de cumplirlas después, y todo el grupo está sujeto a las leyes, solo él se considera libre totalmente, y si las cumple, será únicamente a objeto del “buen ejemplo”…” 
e) Todo aquello que va en aumento de su poder, es bueno y conveniente; lo que no, es malo y rechazable.
f) Define actos y deseos; lo que él desea, debe ser deseo compartido; cómo él actúa deben actuar todos.
g) “Cae siempre en el paternalismo rígido y explica al grupo que “los hace sufrir porque los quiere”…”  
h) Opera según la lógica de “amigos” o “enemigos”. Lo que se percibe como lo segundo, se rechaza por estorboso.
i) “Cuando su pasión por el poder es desorbitada, queda lentamente rodeado por un equipo de trabajo que se desvive por complacerle y adivinar su pensamiento, ya que suele recompensar estas “atenciones” interpretándolo como “fidelidad personal”…”  
j) “Nunca admite un “segundo al mando” que tenga talla para mandar al grupo en su ausencia. Su poder se manifiesta en su ausencia.”  
k) Resulta ser un personaje absorbente. Se inmiscuye en todos los asuntos por elementales que sean. “Quiere decirlo todo y visarlo todo. Nada escapa a su fiscalización.”  
l) Cada individuo en su entorno es percibido como un instrumento para el logro de su programa.
m) El peligro del líder dominador estriba en que al rebasar el punto de no retorno en el ejercicio de su dominación “…ya no puede distinguir entre la adulación y la justa alabanza, o la objeción y la rebeldía…”[1] 

De manera que si intersectamos el concepto previamente pergeñado por nosotros, con el concepto de Spranger, obtendremos como resultado un concepto formal de Líder Carismático Dominador, a saber, aquella persona que dotada de cualidades extraordinarias percibidas por sus seguidores, goza además de la capacidad de ser constantemente rememorado, virtud de su reputación y prestigio, poniendo al servicio de su voluntad de poder todas las esferas de valor de su vida. Las características definidas por Spranger, corresponderían también y por analogía a la categoría de Líder Carismático Dominador. 

Dentro de los seguidores de estos LCD (a partir de ahora identificaremos al Líder Carismático Dominador por sus iniciales LCD) hagamos la abstracción de los políticos de oficio, los soldados profesionales con intereses de poder, riqueza o figuración y los negociantes aventureros con motivaciones puramente pecuniarias, básicamente porque, en todo lugar y tiempo, esta gente siempre ha estado “clara” con su “fidelidad” : depende exclusivamente de la satisfacción plena de sus intereses y necesidades. Cuando el LCD no es “apto” o deja de ser “condición necesaria y suficiente” para el logro de esa “satisfacción plena”, la lealtad y fidelidad de esos grupos se pierde de ipsofacto. Quedémonos con los románticos, los ideólogos y las mayorías silenciosas porque son ellos los que siguen ciegamente al LCD y, en consecuencia, son ellos los más susceptibles de ser afectados por su “gestualidad”, misma que acompaña a su discurso político, no solo en la ocasión de masas, sino en su parla cotidiana de naturaleza pública.

Adolf Hitler y, previamente, Benito Mussolini, calzan no solo la definición de LCD sino plenamente sus características: la evidencia empírica disponible lo confirma. Y a sus discursos, ambos líderes, uno fascista (más bien fundador del Fascismo) y el otro Nazi (igualmente creador del NSAP) acompañaban sus discursos con una gestualidad característica: mentones levantados, pechos erguidos, dedos acusadores, expresiones de duda al referirse a sus adversarios (definidos prontamente como enemigos) en tanto “rectitud, eficiencia y honradez”. Displicencia y desprecio al mirar a sus subalternos cotidianamente, o, en su lugar, una gratificadora condescendencia con los más vulnerables, misma que extendiesen en más de una ocasión al “pueblo”, hacen parte de la gestualidad con la que tanto Hitler como Mussolini acompañaban sus largos discursos.

Dotados además de una importante intemperancia, que se reflejaba en cada una de aquellas ocurrencias que provocaran estallidos de ira, eran también cotidianas sus actitudes de agresión verbal,  acompañadas de puños cerrados y patadas al piso, pletóricas de interjecciones llenas de dicterios y acusaciones. Hay una gestualidad que acompaña al LCD, gestualidad que, histriónica en ocasiones, ratifica la convicción del seguidor y el odio en el enemigo.

En el otro espectro ideológico, Fidel Castro, horma comunista y Hugo Chávez, calzado socialista, con independencia de que el segundo, especialmente luego del 2002, comenzara a imitar al primero hasta en los más elementales gestos (dedo acusador o dedo rectilíneo llevado a la frente como signo previo antes de una reflexión discursiva), también llevan consigo, además de la definición y características de LCD, un lenguaje gestual caracterizado por las grandes inflexiones de voz, acompañadas por las exageradas maniobras con las manos, grandes movimientos corporales y gritos aparentemente llevados por la emoción, pero que responden a una actitud estudiada previamente. La condescendencia hacia el subalterno y el más pobre, que responde a esa actitud paternalista del LCD, es casi un calco del uno hacia el otro, quienes, dicho sea de paso, también comparten esas “insinuaciones inocentes” hacia las mujeres bonitas, sobre todo cuando ocupan puntos neutros o están ejerciendo funciones en campos adversarios, especialmente como moderadoras o entrevistadoras en los medios de comunicación social.

Regresando en el péndulo ideológico, nos encontramos con Donald Trump. Empresario ultraconservador estadounidense, indubitablemente anticomunista y, como dirían los cubanos castristas, “contrarevolucionario”, pero que además también calza para sus seguidores, románicos e ideólogos e incuestionablemente para la “mayoría silenciosa estadounidense”, la definición y características de un LCD. Trump también acompaña su discurso con una gestualidad también singular: mentón alzado, labios apretados, dedos acusadores, grandes movimientos corporales inusuales en un político estadounidense de oficio, junto a balandronadas cotidianas e insultos reiterados hacia un “adversario político” a quien se espera convertir en el muy corto plazo en “enemigo político” acaso para justificar su “perentoria destrucción” en aras de hacer “America great again” . Una condescendencia equivalente hacia el más vulnerable, especialmente obreros y gente común (pero especialmente blanca y pobre) y una actitud equivalente hacia “los grandes anónimos en mi campaña”, lo hacen cruzar “el mismo puente” que sus contrapartes comunistas y socialistas. Con respecto a la actitud hacia las damas, huelgan los comentarios: radicalmente distinta de forma, parece serlo de fondo. Se trata de una gestualidad común al LCD, una gestualidad que parece estar asociada más a una condición ínsita a este tipo de líder que una postura meramente ideológica en lo teórico-político o instrumental en los términos de los imperantes objetivos de propaganda.

Castro, Chávez y Trump, los dos primeros ya fallecidos y el tercero por asumir la conducción del país más poderoso de la tierra, son, desde nuestra percepción teórica, líderes carismáticos dominadores, dotados de una misma “cadencia discursiva”, cargada además esta última, de una “gestualidad equivalente”. Los dos primeros, como ya dijésemos, hoy parte sustantiva de la historia de los pueblos del mundo, uno acaso más que otro, demostraron que los ensayos de los líderes carismáticos dominadores en función de poder (curiosamente también los primeros que mencionásemos), proporcionaron resultados que no pudieron sostenerse en el largo plazo, aun manteniendo esa gestualidad característica, aunada a una discursiva agresiva, contumaz y acusadora. A Trump aún le queda el beneficio de la duda…La realidad que construya aún está por verse… ¿O no?...



[1] Redorta, Josep; El poder y sus conflictos. ARIEL. Barcelona, 2005. Págs. 40, 41, 55 y 56.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Una dinámica política venezolana: “la conjura por el afán”…Primera parte: la formulación teórica.

La evidencia empírica pareciese sugerir, cada vez que en esfuerzo investigativo nos aproximamos al examen de sus ocurrencias, que la “dinámica política” venezolana obedece a un “patrón de ondas” que por determinista que parezca, oscila al interior de un conjunto de frecuencias equivalentes, con independencia del tiempo y el espacio. Si entendemos esa dinámica como parte de la realidad que ofrece la inmensa variedad de los fenómenos macroscópicos, vemos que tiene dos “elementos” que predominan como “acciones condicionantes” dentro del amplio espectro de acciones de los actores: “la conjura” y “el afán”. Y, finalmente, una combinación “política” de ambos: “la conjura por el afán”. De eso trata este artículo y  en esta concepción nos iremos adentrando poco a poco, con la intencionalidad de probar, desde la evidencia empírica, reiteramos, que tal interpretación es posible, como ejercicio de reflexión en alguna medida filosófica y teórico-política.

Conjura: acción de conjurar…

Partiendo de las significaciones que el Diccionario de la Real Academia Española provee acerca del vocablo “Conjura”, en una primera búsqueda se encuentra que la “Conjura” no es más que “la acción de conjurar”. Al hacer la búsqueda sobre “Conjurar”, es posible hallar más de siete significados sustantivos. De ellos seleccionamos tres; en primer lugar aquel que  distingue “conjurar” como “ligarse con alguien, mediante juramento, para algún fin”; el segundo que establece como significado “conspirar, uniéndose muchas personas o cosas contra alguien, para hacerle daño o perderle”; y el tercero, “rogar encarecidamente, pedir con instancia y con alguna fórmula de autoridad algo”. De estos tres conceptos es posible colegir entonces que “Conjurar” supone el contubernio, la conspiración y el ruego, es decir, la connivencia de un grupo de individuos para conspirar, previamente juramentados, a los fines de causar daño a un tercero, sea a él directamente o a algo que este represente y que, para el logro de ese fin, se ruegue con instancia por un resultado eficaz. De modo que la acción de conjurar, en nuestra concepción argumental, puede traducirse como la acción de producir la connivencia de un grupo de individuos para conspirar, previamente juramentados, a los fines de causar daño a un tercero, sea a él directamente o a algo que este represente y que, para el logro de ese fin, se insista en rogar con instancia, con alguna fórmula de autoridad, para el logro de ese resultado eficaz. Hagamos un ejercicio equivalente respecto del vocablo “afán”.

Afán: Quizá de afanar…

Una situación equivalente ocurre con “afán”. Consultada la misma fuente (DRAE), esta última ofrece también un buen número de significados. De ellos hemos seleccionado cuatro, a saber, “esfuerzo o empeño grandes”; “deseo intenso o aspiración de algo”; “apuro, aprieto o necesidad extrema”; “prisa, diligencia o premura”. Con independencia de que tales significados (como ocurriese con el vocablo anterior) sean distintos en términos de su uso, esto es, diversos contenidos de significancia que adquiere el vocablo en contextos distintos, nuestro recurso metodológico supone la construcción de un concepto desde la combinación de cada uno de ellos, vistos en un contexto como el de la política: amplio y variado.
En tal sentido podemos decir entonces que “el afán” bien podría ser visto como el esfuerzo o empeño grandes, puesto en juego para lograr un deseo intenso, deseo que puede derivarse de un apuro, aprieto o necesidad extrema, cuya solución implica prisa, diligencia o premura. Ahora ¿Qué ocurriría si tales conceptos fuesen adjetivados como “políticos”? Y si así fuese ¿Bajo qué criterios entenderíamos la adjetivación política? Veamos…

La adjetivación “política”.

En el lenguaje cotidiano es común la utilización (sea en la parla popular, en la tecniparla experta o en los medios de comunicación social) del vocablo “político” (y su versión en género femenino “política”) como adjetivo calificativo de uso libérrimo y disímil en mayor o menor medida. Con independencia de que la “Comunicación Política” y la “Propaganda” como actividades especializadas para la difusión e instrumentación de la lucha por el poder, dejan claro su peso específico como vocablo, en tanto herramienta de adjetivación discursiva, queremos, en el contexto que abordaremos, especificar el significado que lo “político” y la “política” en su adjetivación, tienen para nosotros.

La “política” y por consecuencia lo “político” desde la perspectiva conceptual que hemos adoptado  como postura académica medular, implica concebirla como “el arte-ciencia del poder, sus formas de dominación y de distribución entre las diferentes configuraciones políticas” entendiendo por “configuraciones políticas” cualquier estructura de organización social humana cuyo sentido de existencia y/o necesidad de pervivencia sea el poder. Iglesias y congregaciones religiosas en general; burocracia estatal, así como corporaciones militares o policiales; instituciones educativas; sindicatos y colegios gremiales; partidos políticos; organizaciones sin fines de lucro y empresas, son ejemplos de “configuraciones políticas”  en un espectro de visión mucho mayor que aquel que describe, en ejercicio de constricción, el acto de habla “organizaciones con fines políticos”, porque si una organización es de tal naturaleza virtud de su exclusiva participación en la contienda institucional por el poder, las otras ¿Acaso no lo son?...¿Qué se disputa en una congregación religiosa sino el poder por su conducción desde la perspectiva del monopolio de “la verdad y la bendición divina”? ¿Qué se disputa en una empresa si no la dirección de sus destinos y el monopolio en el disfrute de los privilegios, que del beneficio material se derivan? ¿Qué disputan las “empresas” en liza comercial? ¿No es acaso “el liderazgo de mercado” una forma de dominación y de ejercer poder sobre los competidores y consumidores? Desde esta perspectiva de visión “más abierta”, lo “político” escapa al afán jurídico de lo normativo y al afán restrictivo de la pugna interpartidaria. La política encarna la pugna por el poder, con independencia de su lugar, ocurrencia y tiempo.

En tal sentido “la política” y “lo político” desde nuestra perspectiva, adjetiva y en consecuencia complementa, la lucha por el poder en todas sus formas; el ejercicio de lo que Frederik Nietzsche llama “la voluntad de poder”; la distribución de ese poder entre las distintas configuraciones políticas; y, finalmente, el afán por conseguir poder político, especialmente aquel que se deriva del control total del Estado y la sociedad, a través de un sistema político.

La conjura y el afán políticos…

Con base a nuestra exposición anterior, y en una misma línea de razonamientos, definimos entonces a la Conjura Política como ligarse con alguien, mediante juramento, para conspirar, a través de la unión de la mayor cantidad posible de personas, contra un sistema político y/o quienes lo dirigen, a los fines hacerle daño y deponerlo, mientras se ruega discursivamente (se pide con instancia), basándose en la creencia casi siempre religiosa, que una nueva fórmula política y/o ideológica, podrá inexorablemente resolver los problemas sociales, económicos y políticos de una nación por vía expedita. Si hacemos una disección de los actos de habla estructurales que constituyen este concepto, bien podríamos argumentar acerca de su construcción. Hagamos el ejercicio:
1)            Ligarse con alguien, mediante juramento, para conspirar…
2)            …a través de la unión de la mayor cantidad posible de personas…
3)            …contra un sistema político y/o quienes lo dirigen…
4)            …a los fines hacerle daño y deponerlo…
5)            …mientras se ruega discursivamente (se pide con instancia)…
6)            …basándose en la creencia casi siempre religiosa...
7)            …que una nueva fórmula política y/o ideológica, podrá resolver los problemas sociales, económicos y políticos de una nación por vía expedita…

El primero de los actos de habla es meridianamente claro: implica la reunión de personas, asociadas y comprometidas bajo juramento, para conspirar. El segundo, la intencionalidad en la agrupación de la mayor cantidad de  personas posibles destinadas precisamente a conspirar. Y lo que convierte en “política” esta “conjura” es el sujeto de la conspiración: el sistema político o quienes lo dirigen, con la intencionalidad inequívoca de hacerle daño y finalmente deponerlo, deposición que implica, de nuevo, la naturaleza “política” de nuestra perspectiva. Y para el logro de esa conjura política, el ruego religioso mediante (con el soporte espiritual de la creencia religiosa de la que se trate, que termina  transformándose en fórmula rogatoria discursiva) y la fe indeclinable de que una nueva fórmula política y/o ideológica, podrá resolver los problemas sociales, económicos y políticos de una nación por vía expedita…

Con el “afán político” podemos acometer una construcción equivalente, llegando a decir de aquel que se trata del esfuerzo o empeño grandes, fruto del deseo intenso o de la aspiración política y/o ideológica, nacida además de un apuro o necesidad social extrema, cuya solución es vista como un imperativo categórico que implica diligencia y premura. Y en su disección en actos de habla, llegar a indicar que se trata del esfuerzo o empeño grandes, nacidos del deseo o la aspiración extrema por la solución de las necesidades sociales, mediantes acciones políticas ideológicas, dada la naturaleza de imperativo categórico que tiene la solución con premura y diligente de esas necesidades. Más simple: las necesidades perentorias de carácter social se satisfacen por vía expedita y con premura, mediante la lucha, ideológica y política, por y para la conquista del poder político.


LA CONJURA POR EL AFÁN: aproximación política…

En un ejercicio de “intersección conceptual” acerquemos los conceptos de “Conjura Política” y “Afán Político” para obtener de la experiencia, un concepto más amplio e integral:

Ligarse con alguien, mediante juramento, para conspirar, a través de la unión de la mayor cantidad posible de personas, contra un sistema político y/o quienes lo dirigen, a los fines hacerle daño y deponerlo, mientras se ruega discursivamente (se pide con instancia), basándose en la creencia casi siempre religiosa, que una nueva fórmula política y/o ideológica, podrá resolver los problemas sociales, económicos y políticos de una nación por vía expedita, lo que implica diligencia particular en las acciones que se emprendan con tal fin, poniendo en ello esfuerzo o empeño grandes, nacidos del deseo intenso o de la aspiración, precisamente política y/o ideológica, de que la construcción de una “nueva nación” es posible con premura y exclusivamente por una “nueva vía”.

Y mediante el ejercicio anterior hemos definido ampliamente lo que hemos dado en llamar “la conjura política por el afán político”, esto es, el contubernio, la conspiración, mediante la agrupación de personas bajo juramento, para destruir un sistema político y/o a quienes lo dirigen, poniendo todo su empeño, rogando a una instancia superior religiosa a la que se alude discursivamente, con la convicción de que los problemas políticos, económicos y sociales de una nación, pueden resolverse con apremio y premura, única y exclusivamente mediante una nueva creación política e ideológica, creación que supone la destrucción total de lo anterior por  pretérito, por obsoleto.

Esos principios parecen haber condicionado la ocurrencia de las inflexiones en nuestros sistemas políticos. La Gesta Emancipadora y el discurso de los próceres de nuestra independencia durante su ocurrencia; la ristra interminable de revoluciones entre la Revolución de las Reformas (incluso ella misma) y la Guerra Federal; la ocurrencia y discursiva de la centena de revoluciones entre la Guerra Larga y la Gran Revolución Liberal Restauradora, tras la caída del Liberalismo Amarillo. La contingencia vindicativa de la Rehabilitación frente a una Restauración “caduca” con apenas un par de lustros. La desaparición de la Rehabilitación Positivista, luego de una Transición y un intento modernizador, para dar paso a la Democracia Civilista Revolucionaria. El traste de esta última para dar paso al lenguaje progresista militar de un Nuevo Ideal Nacional. La dilución del Nuevo Ideal Nacional y su sustitución por la Socialdemocracia Representativa; y finalmente la muerte de esta última para dar paso a la pesadilla revolucionaria del Socialismo del Siglo XXI, todas, aparentemente todas las inflexiones referidas, parecen haber tenido su origen en “la conjura política por el afán político”.


En la segunda y tercera partes del artículo y mediante una comparación entre los actos de habla estructurales del concepto, con episodios y el discurso político utilizado en nuestra historia política como evidencia empírica, intentaremos probar la presencia impertérrita de la “conjura por el afán” en cada momento y en cada inflexión… La conjura por el afán: nuestro motor de cambio político…

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Venezuela: diálogo suma cero

El dialogo y la negociación son actividades para conducir el conflicto hacia el desescalamiento y finalmente a su conclusión. Concretamente la Negociación es un Medio Alterno para la Resolución de Conflictos. [1]  Todo el que se sienta a negociar, lo hace con la intencionalidad de reducir fricciones y de encontrar un camino que evite más pérdidas o, al menos, las conjure. El Árbitro, Negociador o Interviniente de Buena Fe, es un tercer actor que las partes en conflicto introducen como facilitador, en un proceso de negociación y acuerdo, previo y mutuamente concertado.

Pero en el contexto de un conflicto político, que en otro artículo hemos definido como “…aquel que nace de la confrontación por las ideas políticas, sus contenidos, sus constructos orgánicos devenidos en ideologías y aquellos que, simultáneos o no, resulten de la lucha por el poder político…”   acaso el Diálogo (como herramienta básica de la Negociación) y, particularmente la Negociación, como medio alterno de resolución de conflictos, sean vistos, más bien, como estrategias de los jugadores en el contexto de un Juego no Cooperativo de naturaleza Suma Cero.              

Un Juego no Cooperativo de naturaleza Suma Cero en el contexto de la Teoría de Juegos y como dice John Harsanyi, es un cotejo cuya naturaleza supone la existencia de un “derrotado” y un “ganador”. No hay medias tintas: el juego solo concluye cuando alguien grita “victoria”.[2]  El “Diálogo” en Venezuela, esto es, aquel que hoy han iniciado unas contrapartes políticas que más que adversarios encarnan a enemigos jurados desde hace 18 años, pareciera no tener naturaleza negociadora desde la perspectiva de los medios alternos, sino más bien de “estrategia” en el contexto de un juego suma cero. Esta argumentación necesita un ejercicio teórico explicativo.

Una Estrategia en el contexto de la Teoría de Juegos es un curso de acción seleccionado por los jugadores, buscando por esta vía la maximización de sus pagos o, en el peor de los casos, el alcance del maximin (el mínimo pago posible dentro del conjunto de los máximos pagos posibles). En un juego de naturaleza suma cero, el maximin es igual al máximo, vale decir, máximo y mínimo se igualan en un objetivo: la derrota del contrario. En otro orden de ideas, la Mesa de Diálogo puede ser un escenario sutil para continuar el mismo juego de naturaleza no cooperativa: le hago creer al contrario que tengo la intencionalidad de negociar admitiendo algunos “retrocesos” que lucen (o hago lucir como “avances”) y eso lo acompaño con un discurso externo (acaso sin relación con los negociadores específicos sentados en la mesa) de naturaleza contumaz y tono ofensivo, amenazador y retador.

Esta percepción que pareciese resultar un tanto esquizofrénica, obedece sin embargo a la estrategia, también sutil, de hacer aparecer a la contraparte como poco o nada interesada en el diálogo y, por esta vía, debilitar tanto a la parte actora directa como a quienes lo siguen.
Ayuda, en el emprendimiento de este tipo de estrategias, la existencia real de agendas individuales propias, tanto de personas naturales como de organizaciones políticas que nunca apuestan al Diálogo como herramienta dentro de la Negociación como medio alterno de resolución de conflictos, posiblemente porque atenta contra la obtención de “maximins” en otros juegos o en el propio juego político de las partes inmersas en el conflicto político. Así, el Diálogo se transforma de “medio alterno” en “estrategia” y se configura más bien como un “Diálogo suma cero”, esto es, su intencionalidad es reducir y neutralizar de tal manera al contrario (entendiendo por “contrario” a cualquiera de las partes) que este termine siendo, mediante el uso aparente de un medio alterno de resolución de conflictos, indefectiblemente derrotado, bien mediante la pérdida de credibilidad o, acaso, mediante su debilitamiento interno o  su propia implosión, de tratarse de un grupo o una organización partidaria.

El llamado “Diálogo” en Venezuela parece estar calzando esos zapatos. Mientras unos negociadores llegan a acuerdos aparentes y se comprometen a su cumplimiento, los discursos propalados al público en general, tanto de los negociadores propiamente dichos, como aquellos de importantes actores en ambos bandos, pasan de ser “conciliatorios y acompañantes del proceso” a “contumaces promotores de la confrontación”, sin importar el costo que esta tenga. Con independencia de que esa parece ser la dinámica de todo proceso de esta naturaleza, resulta sorprendente como en un mismo “bando”, las posiciones sean tan extremas. Mientras en uno se habla de cumplir con lo acordado, en ese mismo bando se habla de “pararse de la mesa” si en apenas un par de días no se logran “resultados materiales contundentes”. Al otro lado, se presentan fotografías y grabaciones, obtenidas mediante fisgoneos ilegales, para probar que “la otra parte” no tiene interés en cumplir con los acuerdos a los que se arriben.

Ejemplos palmarios de estas conductas los vemos, por parte de la oposición, en los ejercicios discursivos de algunos de sus actores. El alcalde Carlos Ocariz, miembro activo de la mesa en representación de la oposición, tiene una postura morigerada y ofrece dar cumplimiento a los acuerdos, pero deja abierta la posibilidad de una confrontación por otra vía. Mientras en su mismo “bando” los diputados Freddy Guevara y Juan Requesens, ambos militantes de toldas distintas dentro de la llamada Unidad (Voluntad Popular y Primero Justicia) amenazan con  la calle si no hay logros concretos, aun habiendo existido solamente dos reuniones. Al propio tiempo y en un mismo día, desde la misma tolda del diputado Guevara, la Sra. Lilian Tintori (esposa del “máximo líder” de Voluntad Popular) anuncia, de una vez, que el diálogo fracasó.

Del lado del chavismo gobernante, el alcalde Jorge Rodríguez, manifiesta la voluntad indeclinable del gobierno y su partido, de cumplir todos y cada uno de los acuerdos alcanzados “al pie de la letra” mientras el diputado Diosdado Cabello Rondón, Primer Vicepresidente del PSUV, insiste en la “mala voluntad” de su contraparte, presentando como pruebas irrefragables fotos, videos y pláticas grabadas de las partes actorales, durante las “conversaciones privadas” de la mesa, convicción que, para todos los espectadores de la opinión nacional, apunta a que son de naturaleza aparentemente “secreta”. En fin, el diálogo parece ser más “estrategia” que herramienta dentro de un “medio de resolución de conflictos” y en el contexto de un juego suma cero, poco o nada, respecto del escalamiento, puede esperarse. Ya veremos que nos depara el futuro, pero el ulular del viento presagia tormenta…



[1] JANSEN RAMÍREZ, Víctor G; Control social y medios alternos para solución de conflictos. Valencia, 2008. Universidad de Carabobo.
[2]  “But there are also other possibilities. For example, any two-person game can be treated as a two-person zero-sum game if there are only two possible outcomes for each player, say, "victory" and "defeat" - with no possibility for "larger" or "smaller" victories and defeats. In such a case no special linearity assumption is needed concerning the players' utility functions in order to assure the zero-sum property, because we can always assign the utility v = +1 to "victory" and the utility d = -1 to defeat, making their joint payoff u identically zero, as u = v + d -(+l)+(-l) = 0.” Harsanyi, John; Rational behavior and bargaining equilibrium in games and social situation. CAMBRIDGE UNIVERSITY PRESS. New York, 1977. Pág.99.